jueves, 16 de diciembre de 2010

Bolivia: la geografía de un conflicto

 Los factores geopolíticos de la crisis boliviana: Evo Morales y su proyecto de construcción de un Estado productor e indianista favorecen el predominio histórico del norte andino sobre el resto del país. El oriente y el sur se oponen al andino-centrismo de Morales, pero, pese a sus potenciales económicos, no pueden detenerlo porque, como mostró el plebiscito del 10 de agosto, el “enemigo” está en casa. (Publicado en Nueva Sociedad).




 
Hay que tener cuidado con interpretar el proceso boliviano actual como si fuera exclusivamente un conflicto entre clases sociales. La imagen manida que opone, de un lado, a las masas indígenas históricamente excluidas y ahora dirigidas por el presidente Evo Morales y, del otro, a una oligarquía egoísta y retrógrada, es un esquema basto y, al fin y al cabo, equívoco.
En este artículo hablaremos, además, de otros factores de la crisis que no sólo nos permitirán verla de una forma más exacta, sino que son fundamentales para entender su eventual resolución, cuyas condiciones de posibilidad fueron creadas por el plebiscito del 10 de agosto que ganó Morales con el 67 por ciento de los votos.

La difícil ocupación de Bolivia

Para empezar debemos tomar en cuenta que la ocupación territorial de Bolivia nunca ha sido fácil. El país está compuesto por porciones de los tres grandes paisajes sudamericanos: el andino, que fue el espacio colonial por excelencia, porque en él se concentraban las riquezas minerales que ambicionaba la metrópoli; el amazónico, tan tórrido y selvático que también puede considerarse un área extractiva, aunque ya no de minerales sino de maderas y frutos forestales valiosos, como la mara, el caucho, la castaña, etc. Y, finalmente, el sistema platense, sobre el cual gravita la ciudad de Santa Cruz y en cuyo subsuelo se han encontrado grandes yacimientos de gas. Esta diversidad es propia de muchos países sudamericanos, pero en Bolivia se agrava por la orografía descomunal y por la inexistencia de un río navegable axial (como el Magdalena en Colombia, o el Orinoco en Venezuela), o de una amplia costa (igual que la de Ecuador, Perú o Chile) que haga posible la articulación de los distintos ámbitos geo-económicos.[2]
A consecuencia de ello, cada una de estas regiones ha tratado de integrarse al mundo por distintas vías. El occidente hacia el Pacífico (lo que se complicó desde los tiempos de la fundación de la república, cuando la salida altoperuana al mar, Arica, quedó en manos del Perú; y se enredó todavía más cuando la costa meridional que poseía el país fue conquistada por Chile en la Guerra del Pacífico). Mientras tanto, el sureste y el noreste tendieron hacia el océano Atlántico. El primero por Asunción y Buenos Aires; el segundo por el Amazonas.
Cada región y, por consiguiente, cada geopolítica, ha sido defendida por intelectuales que trataron de convertir las necesidades de su sitio natal en “imperativos” de la nación.[3]
Todo esto ha generado fuerzas centrífugas que tensionaron la historia del país, en especial cuando una región se hacía más rica y pretendía la hegemonía, o cuando los países vecinos alentaban el regionalismo en su propio interés. En el fondo han sido conflictos en torno a la posesión de los recursos naturales o dinerarios que había en el país, y que cada región (esto es, cada sector de la clase dominante nacional) quería emplear en su exclusivo provecho.
El siglo diecinueve boliviano puede estudiarse como una lucha entre el norte y el sur del país, que terminó con el triunfo de los liberales paceños sobre los conservadores sucrenses en 1899. Desde entonces, La Paz es la sede de gobierno (aunque la capital simbólica siga estando en Sucre) y también la cabeza económica del país.
Fueron los intereses norteños los que modelaron las principales decisiones bolivianas del siglo veinte, entre ellas un arreglo con Chile, en 1904, por el que Bolivia renunció al enorme litoral que perdió en la Guerra del Pacífico a cambio de que se le garantizara el comercio a través del puerto de Arica, perdido a su vez por el Perú.
Fue el norte, también, el escenario principal de las vicisitudes políticas de la centuria pasada: las revueltas contra los gobiernos liberales y, paralelamente, la formación de un nacionalismo radical que tuvo su primer fracaso en la Guerra del Chaco (fracaso que sin embargo supo convertir en su mito fundacional); y la revolución nacional, en abril de 1952, la cual creó el Estado interventor y productor que le convenía a La Paz, ya que centralizaba en esta ciudad, y aún más, en el Palacio Quemado, la toma de las principales decisiones económicas nacionales.
Es en este punto que se produce la intersección entre el conflicto regional y el social. Si bien La Paz predominó en el siglo pasado, sus élites cambiaron a lo largo de él: entre 1930 y 1985, las clases medias nacionalistas sustituyeron paulatinamente a las élites mineras tradicionales, primero, y luego se transformaron ellas mismas –es decir, el segmento más favorecido– en una nueva élite minera (que el eufemismo llamaba “mediana” para no contradecir la propaganda oficial sobre la expropiación de la oligarquía del estaño).
La centralidad del norte durante la era nacionalista de la historia nacional se explica por la presencia en esta región de las bases materiales del poder: aquí se aprovechaba el más importante bolsón de riqueza, creado por la minería de Llallagua; en torno a ella orbitaban las organizaciones sociales más politizadas, los sindicatos mineros; y en esta zona se hallaba un mercado y una sede de negocios de primera importancia, la ciudad de La Paz, que desde su creación en la Colonia fue un centro comercial entre Lima y Charcas, y que terminaría convertida, en nuestros días, en la urbe más poblada de esta parte de los Andes; había asimismo una población plebeya muy politizada que se ocupaba de labores artesanales e incipientemente industriales; y casi la totalidad de la burocracia del país vivía en La Paz, así como dos camadas de propietarios mineros adinerados y con vocación política.
La descomposición de los fundamentos de este poderío alcanzó su punto crítico en 1985. Este año se produjeron dos fenómenos de la mayor importancia. Primero, la caída de los precios del estaño y otros minerales, y por tanto la debacle de la minería industrial nativa (en las dos décadas siguientes únicamente sobreviviría un puñado de empresas transnacionales).[4] Segundo, el desmantelamiento del Estado fundado por la revolución nacional, con el objetivo de contener la hiperinflación que asolaba al país y se debía a la ineficiencia y al sobreendeudamiento de las empresas estatales.
Al apoyar al neoliberalismo, las élites paceñas, seriamente golpeadas por la desaparición de la “minería mediana”, perdieron el único otro pilar de sustentación que les quedaba, esto es, el Estado hipertrofiado. Es muy probable que se hubieran resistido a ello de no mediar la calamitosa situación de la hacienda nacional.
En todo caso, lo cierto es que el norte perdió mucho durante el proceso de achicamiento del Estado. Las capas más elevadas de las antiguas élites obtuvieron a cambio la garantía de la estabilidad macroeconómica y privilegios menores (cargos bien pagados en el Poder Ejecutivo y en las empresas privatizadas), pero las clases medias y, en especial, las bajas, vieron reducidas sus oportunidades de empleo seguro y cómodo en las compañías estatales, sufrieron la desaparición de las tarifas subsidiadas con las que se beneficiaban, y perdieron capacidad para influir sobre el curso de los acontecimientos mediante la actividad corporativa de sus sindicatos.[5]
Fue en el seno de estas clases medias paceñas desplazadas que fermentó el malestar contra el neoliberalismo a fines de los “felices noventa”. La fermentación ascendió paulatinamente hasta que los descubrimientos de gas crearon las condiciones para que el financiamiento de un Estado del bienestar, capaz de garantizar el pleno empleo y la provisión de servicios baratos, pareciera nuevamente posible.
Volvió a brotar, entonces, en estas clases medias y bajas, en sus intelectuales de origen aymara y fuerte inclinación indianista, en sus barrios pobres de La Paz y El Alto, la ideología que prefiere toda sociedad consagrada a la extracción de recursos naturales y que por eso requiere de un Estado interventor y extendido para repartir los excedentes generados por tal actividad. Esta ideología guió a los rebeldes del occidente, entre los que destacaban los campesinos cocaleros, conducidos por Evo Morales durante las últimas dos décadas. Pero la procedencia del Presidente no debe confundirnos: su más importante base social no es la formada por campesinos, sino los belicosos vecinos de La Paz y El Alto.
El principal efecto político del estatismo fue el éxito de Morales y su partido, el MAS, en sucesivas elecciones, hasta que finalmente obtuvieron el poder en diciembre de 2005. El MAS tiene la redistribución como eje de su propuesta económica, en torno a la cual ha combatido a los gobiernos que lo antecedieron y ha proyectado su propia imagen y mitología políticas.
El compromiso que tiene con la redistribución lleva al gobierno a descartar cualquier ilusión de equidistancia entre las fuerzas en lucha (cultivada en cambio por las anteriores autoridades democráticas, que trataban de identificarse con el orden legal); por el contrario, Morales toma partido constantemente, en particular en contra del oriente y el sur del país.
Al mismo tiempo, el estatismo procura beneficiar con la redistribución a la “mayoría”, que a la vez es, claro, su base de sustentación. Pero, debido a las transformaciones culturales del mundo en las últimas décadas del siglo veinte (que aquí daremos por supuestas), la “mayoría” ya no es más el “pueblo” de las primeras décadas de la centuria, ni una “alianza de las clases nacionales”, como pensaba el nacionalismo de los años cincuenta, ni tampoco el “bloque nacional popular” de los setenta. Hoy “la mayoría” es étnica, y se diferencia cultural y racialmente de sus enemigos. Por este motivo, es una masa muy mal distribuida por el país: se concentra abrumadoramente en las tierras altas, en el territorio de los aymaras y los quechuas. Es, desde el punto de vista geopolítico, una mayoría norteña.
De ahí que Morales se haya convertido en el nuevo héroe del predominio paceño (como prueba, por ejemplo, su rotunda oposición a considerar siquiera el cambio de la sede de gobierno a Sucre, que esta ciudad demanda desde hace un siglo). El movimiento de Morales se caracteriza, aún más que el proyecto liberal de principios de siglo, por el andino-centrismo.

La marcha hacia el este

Los mismos hechos que determinaron el empobrecimiento de La Paz a fines de los ochenta y principios de los noventa aseguraron, simétricamente, el éxito económico de Santa Cruz y del polo oriental de desarrollo. En ese momento, la “marcha hacia el este”, diseñada por las tendencias nacionalistas pre-52 y culminada por la revolución, ya había enlazado el oriente y el occidente del país, hasta entonces inconexos, y proporcionado al primero un mercado para su producción agropecuaria. También se había implantado la industria petrolera cruceña. El llano boliviano, entonces, se desarrollaba a ojos vista.
Sin embargo, es sólo a partir de la crisis minera de 1985 que esta región alcanzó la importancia crucial de la que ahora goza. Un país que por culpa de la crisis minera exportaba mucho menos, que estaba ávido de divisas extranjeras, puso sus esperanzas en la agricultura intensiva del este cruceño.[6] El Banco Mundial fomentó esta industria, entre otras cosas, mediante el controvertido proyecto “tierras bajas del este”, el cual, al margen de sus devastadoras consecuencias ecológicas, transformó al oriente en un activo exportador de oleaginosas destinadas a la Comunidad Andina.
Hoy Santa Cruz posee una agroindustria moderna, si bien pequeña y poco competitiva, pero muy importante para las condiciones del país. Es la región de mayor crecimiento económico y desarrollo humano.  
Santa Cruz está dirigida por una élite agroindustrial menos extractivista que la élite minera del norte que condujo los destinos del país durante el siglo pasado. La cruceña es una clase enraizada en su terruño, lo que le da alguna capacidad de liderar a la población de la región, algo que hace a través del comité cívico (o asociación de instituciones locales). El orden social cruceño es relativamente más sólido porque las cúpulas han actuado allí con mayor responsabilidad y por tanto cuentan con un cierto grado de confianza popular.
Por esta razón, y por el mismo empuje económico de la zona, las clases adineradas de todo el país se han trasladado –si no física, al menos espiritualmente– al oriente. De ahí que el conflicto entre Santa Cruz y el proyecto andino-centrista se presente también, al mismo tiempo, como un enfrentamiento entre la “multitud” indígena y las élites económicas.
Sin embargo, la oposición de estas clases al proceso redistribuidor no tendría tanta importancia si no hubiera encontrado, al mismo tiempo, una base regional. Es la identidad regional, la movilización regional, las que dan cuerpo y fuerza de masas al antievismo.  
Aunque Santa Cruz se desarrolla más rápido que el resto del país, sigue siendo atrasada y comparte las limitaciones y carencias estructurales de Bolivia. Se expone así, ella también, a la influencia occidental; debe soportar el peso del atraso nacional, cuyo centro se ubica en el altiplano paceño, un ecosistema de puna que, más que cualquier otra cosa, produce oleadas de emigrantes indígenas muy laboriosos y desesperados, los cuales recalan en el oriente,  apoyan las luchas redistributivas y así socavan el orden trabajosamente postulado por las élites regionales.
Por eso el sentimiento autonomista cruceño refleja de alguna manera la necesidad de librarse de la carga que representa el altiplano, su pobreza, su gente y su tradición ideológico-política. El programa de las autonomías es algo más que una propuesta de descentralización: procura fundar una sociedad que sea la imagen especular, invertida, de la que se atribuye a la visión occidental. Una sociedad, por tanto, consagrada a la creación de riqueza –al punto de subvalorar las posibles consecuencias ecológicas y sociales de esta actividad–, dispuesta a respaldar ampliamente la inversión extranjera y dotada de un prolijo orden político.
Estamos, ciertamente, ante una utopía, simétrica a la utopía del Estado puramente redistribuidor y andino-céntrico del gobierno. La mejor muestra de la índole ilusoria de este proyecto está en que considera que el único “problema indígena” al que debe responder es el que representan los pueblos originarios de las tierras bajas, que son pocos y políticamente irrelevantes, y en cambio no toma en cuenta a los inmigrantes indígenas del occidente, que ya constituyen casi la mitad de la población del oriente y el sur del país.

Las implicaciones político-geográficas del 10 de agosto

La victoria de Evo Morales en el plebiscito del 10 de agosto de 2008 fue importante no sólo por el resultado nacional (que, como ya sabemos, lo favoreció con el 67 por ciento de los votos), sino por la importantísima votación lograda por Morales en Santa Cruz (40 por ciento), Beni (43 por ciento),Tarija (50 por ciento) y Pando (52 por ciento), es decir, en un área del país en la que siempre, incluso en los tiempos de crisis, predominó lo que el experto en temas electorales Salvador Romero llama “el voto del orden”.[7]
Recordemos que la primera elección ganada por el nacionalista MNR desde el llano, en 1951, que causó escándalo entonces, concedió al partido de Víctor Paz el 43 por ciento de la votación, una cifra pequeña en comparación con las alcanzadas por Evo Morales.
Además, el partido “del orden” de entonces, el PURS, no perdió su hegemonía en Pando, Tarija y Beni, donde obtuvo más del 50 por ciento; ganó en Chuquisaca, entonces mucho más “aseñorada” que ahora, con el 42 por ciento, y también, aunque apenas, en Santa Cruz (con el 37 por ciento).
En suma, que la mítica elección que sirvió de antesala a la revolución de 1952 fue sin embargo “menos victoria” que las del MAS, en especial de la última. O, para decirlo, con más precisión: fue una victoria mucho más occidental.   
Tampoco la UDP, el frente izquierdista que campeó en las elecciones de 1980 obteniendo más del 50 por ciento en los departamentos occidentales (60 por ciento en La Paz), y sólo un poco menos en Cochabamba, pudo sin embargo vencer en Pando, Beni, Santa Cruz y Tarija, donde los partidos de derecha lograron entre 2/3 y 3/4 de la votación. Y la UDP de 1980 fue el mayor logro de la izquierda antes de que el MAS apareciera. Después vino un gobierno militar y cuando éste acabó, en 1982, la UDP gobernó con el Parlamento elegido en las elecciones citadas, sin decidirse a convocar a unos nuevos comicios que quizá la hubieran colocando en la posición en la que ahora está el MAS (algo que, claro, nunca podemos saber). Cuando la UDP abandonó el poder, en 1985, la izquierda estaba vencida y esta derrota, como se adivinará, fue mucho mayor en el oriente.
El norte, y en especial la capital real del país, La Paz, adoptan desde fines del siglo diecinueve posturas políticas innovadoras, mientras que el interior, más conservador, se opone a ellas. El voto que Salvador Romero bautiza como “voto de protesta”, que favorece a la izquierda, proviene principalmente de las grandes concentraciones humanas, de las “provincias altas”, las cuales siempre han sido las más pobladas del país. Y en especial de La Paz, donde la izquierda ha obtenido sus más grandes victorias (aunque también perdió en ella, en los momentos en que su pensamiento dejó de apasionar a la gente).
La Paz está más cerca del mar y por tanto del mundo. La Paz ha dependido siempre del comercio, es decir, del intercambio con el extranjero. La Paz ha sido la ciudad más industrializada del país, y por eso la más avanzada, la más vanguardista.
El “voto de protesta” tiene correlación, además, con el uso por parte de su población de las lenguas autóctonas y con su menor nivel socio-económico y cultural.
Sin embargo, al paso del tiempo, y en especial tras el plebiscito de 2008, el diagrama electoral “oriente versus occidente” es cada vez menos evidente. Durante el siglo veintiuno el “voto de protesta” adquirió más fuerza en la gran área oriental y meridional que, por su forma, suele denominarse “Media Luna”. Las razones de esta transformación son, principalmente, demográficas: el enorme crecimiento poblacional ha creado, dentro de la “Media Luna”, un aumento de las expectativas redistribuidoras. En esto tiene un papel fundamental el aporte ideológico de la inmigración occidental e indígena, que es la principal causa del crecimiento de la población del área.
Podemos decir, entonces, que la brecha electoral entre el occidente y el oriente se va cerrando. En 2006 se lanzó la hipótesis de que el MAS había introducido “cabeceras de playa” en la “Media Luna”. En realidad, los resultados electorales de agosto de 2008 muestran que esta región ha cambiado estructuralmente, que casi la mitad de sus pobladores posee una psicología distinta a la que tradicionalmente prevaleció en ella. Estas personas no sólo votaron por el MAS, lo que quizá podría considerarse pasajero, sino que lo hicieron por un presidente “de La Paz” –o en todo caso occidental– rechazado por el entorno que las rodea. Este gesto constituye una ruptura respecto al ambiente imperante e indica que si bien la tendencia centrípeta se expresa ahora a través del MAS, seguirá existiendo cuando el MAS pase a la historia. Y seguramente se volverá más fuerte.
Las transformaciones de las sociedades orientales y sureñas no están ocurriendo sin producir grandes dolores. En algunos casos, los actores tradicionales de estas regiones reaccionan ante ellas con una mezcla de negación y rechazo. Se producen arrebatos de racismo, por ejemplo. Y políticas que se basan en el deseo reaccionario de retroceder la historia, de devolver a los inmigrantes a sus lugares de origen, de parar los flujos de personas. Todo lo cual, lógicamente, está destinado al fracaso. Las transformaciones continuarán inevitablemente, porque responden al avance y a la creciente complejidad de la sociedad.
Esto significa que la política de la “Media Luna”, que todavía es esencialmente antioccidental, cambiará en los próximos años. Conforme aumente la presión poblacional, la lucha de clases interna se exacerbará. Las fuerzas de origen occidental obtendrán más triunfos locales y esto estimulará una discusión intelectual e ideológica que hasta ahora no existía en estos enormes territorios. Aparecerán, en consonancia, nuevos grupos y nuevos líderes. Por ejemplo, es previsible, una izquierda más consolidada que la actual.
Así la zona más rica del país se preparará para conducirlo en el futuro. Marchamos hacia un largo periodo de preeminencia de las regiones que miran hacia el Atlántico, poseen los recursos naturales que cuentan en la sociedad contemporánea y tienen posibilidades de crear industria y comercio sostenibles. Esto no necesariamente significará el eclipse de La Paz y, en el mejor de los casos, puede implicar el reequilibrio geopolítico del país.
Sin embargo, para conducir a Bolivia, la “Media Luna” primero tendrá que sufrir un fuerte mestizaje demográfico y cultural; es decir, deberá incluir e integrar a su cada vez más numerosa población occidental inmigrante. ¿Será diferente este proceso al mestizaje occidental, de tan inicuas características? En ello se cifra la clave de su éxito y de sus posibilidades para crear un liderazgo sostenible sobre el país. 
Estas transformaciones seguramente serán la causa de varios movimientos románticos, es decir, con la mirada puesta en el pasado, en el orden agrario-tradicional que antes mantenía en su sitio la estructura social. La “Nación Camba”[8] es solamente el más extremo de ellos. La autonomía, mal entendida, también puede funcionar como un intento de evasión de la realidad. Por supuesto, la carga destructiva de estas manifestaciones, que se dan en todas las sociedades en veloz transformación, constituirá probablemente una fuente de inestabilidad política durante las próximas décadas.
En cuanto al corto plazo, el fortalecimiento de la lucha de clases dentro de la “Media Luna” puede neutralizar, por lo menos durante algunos años, la contestación al Palacio Quemado. Tal es la oportunidad que tiene Evo Morales de construir, por un tiempo, y una vez en nuestra historia, un nuevo orden político basado en el predominio del norte y, en este caso, de su proyecto andino-centrista, sobre el resto de Bolivia.
Un orden que puede durar algunos años, pero que, indudablemente, carece de un verdadero futuro histórico. La “marcha hacia el este” ya se ha producido y, metafóricamente, se sigue realizando cada día, en los pies de los numerosos emigrantes occidentales. Es un fenómeno demográfico, económico y cultural tan importante que ha trastornado por completo al país. Y, como resulta lógico, los efectos más importantes se han dado en la propia Santa Cruz, que ya no es, ni nunca más será, la plaza fuerte del criollismo boliviano.


[1] Fernando Molina (La Paz, 1965). Periodista y escritor enfocado en historia y análisis de las ideas. Actualmente dirige el semanario Pulso. Publicó, entre otros, los siguientes libros: Evo Morales y el retorno de la izquierda nacionalista (2006), Bajo el signo del cambio (2006), Conversión sin fe – El MAS y la democracia (2007).
[2] José Romero [1974], Bolivia, una nación en desarrollo, La Paz, Los Amigos del Libro, 2a edición, 1985.
[3] José Luis Roca [1979], Fisonomía del regionalismo boliviano, La Paz, Plural, 2a edición, 1999.
[4] Irving Alcaraz, Bolivia, hora cero, La Paz, s.e., 1999.
[5] Para una crítica general a los procesos de privatización en el mundo en desarrollo, véase Joseph Stiglitz, El malestar de la globalización, Madrid, Suma de Letras, 2003.
[6] Por la fertilidad de la tierra, sólo este departamento (o “provincia”), de los nueve que tiene el país, es apto para agricultura intensiva. Cfr. Rolando Morales, Bolivia: política económica, geografía y pobreza, La Paz, Universidad Andina Simón Bolívar, 2000.
 .
[7] Los datos electorales que siguen están tomados del libro de Romero [1993], Geografía electoral de Bolivia, La Paz, Fundemos, 3ª edición, 2003.
[8] Movimiento regionalista que exalta la cultura autóctona de Santa Cruz o “cultura camba”, que propugna el federalismo y, en algunos casos radicales, la segregación de Bolivia .

1 comentario:

  1. Muy interesante. Me parece muy mal que un artículo que refleja una postura geopolítica sobre la historia boliviana y el efecto de ésta sobre la actualidad, no haya recibido ningún comentario. Ni a favor ni en contra. Eso me parece una muestra de la poca presencia de los bolivianos en el internet (que no sea facebook o redes sociales), como también, un menosprecio a los análisis que requieren un mayor conocimiento histórico del lector. Siempre habrá de parte del boliviano un desconocimiento de su historia. Y esto siempre será nuestro mayor problema. Por mi parte debo decir, que este tema de "la marcha hacia el este" generará un nuevo tipo, una nueva escisión del ser indígena boliviano. Lenguaje, costumbres, psicología social, todo será afectado por las nuevas condiciones de espacio y tiempo que los rodean. Será este indígena un nuevo polo, una nueva visión de la conformación social. Será muy interesante el ver esto. La mixtura cultural que provocará este nuevo orden.

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