jueves, 16 de diciembre de 2010

El modelo de resolución política del MAS

Trabajo inédito preparado para el Informe de Desarrollo Humano. Evalúa los procedimientos de definición política del Gobierno y el MAS.
 
El objetivo de este trabajo es describir e interpretar, sin juicios de valor, los procedimientos establecidos por el Movimiento al Socialismo – Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP), en tanto organismo político de un movimiento de masas, y su Gobierno, como portador de una utopía social de gran alcance, para adoptar decisiones políticas, en tres casos:

(a) Crisis políticas que se producen como resultado de los enfrentamientos con adversarios regionales, el surgimiento de denuncias de corrupción, etc. Se tomará como sucesos paradigmáticos la crisis de 2008 que terminó en la convocatoria del referendo constitucional y la crisis que en 2009 se produjo en torno al padrón electoral.
(b) Generación de políticas y normas: este es el aspecto productivo y técnico de la actividad política, por lo que necesariamente implica una tensión entre intelectuales, operadores y militantes de base. Se usará la experiencia de la Asamblea Constituyente y lo ocurrido en el debate de las cinco leyes fundamentales que complementan a la Constitución.
En base al estudio de estos tres escenarios típicos de resolución política, la investigación establecerá un modelo de toma de decisiones que represente las prácticas del MAS, y se lo comparará con otros modelos conocidos por experiencia histórica o por la literatura.
Este trabajo empleará el método hermenéutico, esto es, hará una lectura de los hechos en busca de su sentido político e histórico. Recurrirá a referencias históricas y politológicas. Recogerá datos de fuentes primarias (informantes) y, sobre todo, hemerográficas.
1.      ¿Cómo es el MAS?
Dentro del ya extenso debate académico-político sobre el MAS, se suele decir que la complejidad de este partido-movimiento es extraordinaria y que por eso ninguna explicación resulta suficiente para entenderlo a cabalidad. Sin embargo, al mismo tiempo existe un nutrido conjunto de estudios sobre la fundación, la historia, las formas organizativas y la biografía de los principales dirigentes del MAS[1], de los cuales es posible extraer una serie de invariantes que parecen ser estructurales y que permiten caracterizarlo respecto a otras organizaciones políticas. En este trabajo, por tanto, rechazamos la hipótesis de la ininteligibilidad del MAS.
Las invariantes que encontramos son las siguientes:
1.1.Organización
a)      El MAS nació como respuesta a la crisis terminal de la organización política izquierdista que predominó en el siglo XX, y que tenía como punto de referencia la teoría organizacional generada por el marxismo en sus dos vertientes: la socialdemocrática (movimientos de activistas unificados por la difusión y el debate intensos de ideología: un instrumento adecuado para la tarea política en los países democráticos) y la bolchevique (partido altamente centralizado y adoctrinado, con una parte legal y otra clandestina, grupos de choque y una dirección altamente probada que es obedecida la mayor parte del tiempo). En ambos casos, los partidos de izquierda reconocían una clara distinción entre bases compuestas por obreros, campesinos y vecinos pobres, consagradas a la acción directa y la agitación, y una dirección de políticos profesionales altamente capacitados, que se encargaba de fijar la línea ideológica y de conducir al grupo. Esta dirección estaba compuesta normalmente por intelectuales o por trabajadores intelectualizados, y establecía una relación “vanguardista” respecto a las bases; esto es, pretendía educarlas más que permitirles una participación política horizontal. Los partidos pensaban sobre todo en escala estratégica, es decir, subordinaban cada uno de sus movimientos a la toma del poder, porque de lo contrario podían recaer en el “reformismo” o en el “cretinismo parlamentario”. Estas organizaciones, muy prestigiosas durante mucho tiempo, se derrumbaron junto con la debacle de los países socialistas y la superación del marxismo tradicional como concepción científica, y por tanto indiscutible, del cambio social.
b)      El MAS apareció a fines de los años ochenta como extensión política de las principales organizaciones campesinas del país, interesadas en darse una representación política propia; de ahí la segunda parte de su nombre: Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos. En ese momento la política deja de concebirse como la difusión entre las masas de un contenido ideológico iluminador, manejado por un grupo de teóricos, y se plantea en términos más espontáneos (“desde abajo”) y tácticos (sobre todo para participar en las elecciones y en los espacios representativos de la democracia vigente en el país).
Esta orientación introduce una serie de modificaciones a la polaridad dirección-bases que era característica de las organizaciones de izquierda tradicional. Por un lado, el MAS carece de una dirección intelectualizada de técnicos de la política. Este es un elemento fundamental. La mayor parte de los cuadros que hoy forman parte del Gobierno en posiciones de alta responsabilidad se incorporaron después de 2005, año en el que el MAS se convirtió en la primera fuerza política del país. Algunos de ellos fueron con anterioridad asesores del MAS, pero no parte de su estructura orgánica. Ésta, por el contrario, reprodujo en otro plano la que ya tenían los sindicatos campesinos, con direcciones formadas por miembros de la misma condición social que el conjunto, armados de pocos recursos teóricos, pero destacados en la lucha práctica por su carisma, oratoria y valor personal. Como resulta obvio, no se trata de un liderazgo reflexivo, y mucho menos teorizante, sino abocado a la acción: sus tareas son el activismo, la propaganda y la movilización.
En muchos casos los dirigentes no se eligen por mérito personal, sino por la necesidad de contar con representantes de cada uno de los sectores participantes en el movimiento (lo mismo que hacen los sindicatos. Lo hacen, en tanto son organizaciones funcionales, para garantizar la participación de todos los componentes de una determinada actividad productiva; y, en cuanto son organizaciones territoriales, para asegurar el compromiso de todas las unidades productivas que se encuentran en condiciones de ser afiliadas). Como resulta obvio, la distribución equitativa de los puestos de dirección ayuda a asegurar la unidad del movimiento, aunque al mismo tiempo disminuya la calidad de las decisiones que éste adopta (per se, dicha priorización indica un sesgo hacia la acción).
c)      En el MAS no existe una “dirección” en el sentido clásico del término, con un papel institucional claro y un prestigio político independiente. La “dirección” está constituida, en cada momento, por los principales allegados al líder principal, el que unifica y representa la lucha colectiva, y es el único capaz de movilizar a todos los contingentes de militantes. La centralización de un partido eminentemente práctico sólo puede darla el propósito común, la misma dinámica de la movilización y la existencia de un líder único. Cuando el factor de cohesión no es una cosmovisión compartida, entonces por necesidad debe ser la confianza en un dirigente que por su carisma simboliza la pertenencia a un determinado estatus dentro de la sociedad, con el cual se identifican los demás. En esa medida, la “dirección” del partido extrae su legitimidad de su proximidad con el polo de atracción política del partido, esto es, con el líder, que así deviene “caudillo”.
d)     Uno de los investigadores más acuciosos de ese fenómeno político que denominamos “MAS” es Hervé Do Alto, quien ha expuesto los resultados de un largo trabajo de campo en varios estudios de relevancia. La peculiaridad de su aporte reside en su interés por el MAS fuera del Chapare (donde surgió y donde supuestamente debiera encontrarse en estado puro). Do Alto hace hincapié en el momento de expansión del partido, cuando éste penetró las principales ciudades del país pese a la imagen negativa que Evo Morales mantenía hasta entonces en ellas.
Según Do Alto, en 2002 la estructura urbana del MAS era prácticamente inexistente. A partir de esta fecha, en cambio, creció sin cesar, por medio de saltos extraordinarios que, significativamente, no se originaron en las grandes movilizaciones de 2003 o 2005, sino en los distintos procesos electorales de este periodo.
El MAS construyó así una poderosa base urbana con los desprendimientos de los partidos masivos que actuaron antes de él, como por ejemplo Condepa en La Paz. Ciertamente, la motivación de estos nuevos militantes no era tanto ideológica como oportunista. Aunque compartían la decepción por el pasado y el rencor contra la sociedad neoliberal en la que habían debido “colaborar”, fueron persuadidos de adherirse al MAS —venciendo sus resquemores respecto a Morales— por los éxitos electorales de este partido y la posibilidad de acomodarse, con él, en algún rincón del aparato público.
Concordantemente, hoy estas personas participan en el MAS en torno a la “pega” que han logrado o que esperan conseguir. Son militantes poco confiables, de segunda clase, que por eso deben subordinarse a los campesinos, los cuales cuentan con más antigüedad dentro del movimiento y han sido probados por las luchas previas. Esto explica la necesidad que los primeros tienen de obtener el aval de los segundos.
De este modo parece invertirse la relación que establecían normalmente los sectores populares y las clases medias funcionarias en Bolivia. Sin embargo, sólo se trata de una apariencia. Al mismo tiempo, un grupo de militantes urbanos —que Do Alto identifica como “profesionales”— ocupa los altos cargos de la administración, supuestamente por razones de capacidad. En los hechos, los profesionales escapan del control del MAS y sus direcciones campesinas. Esta élite profesional mestiza no sólo refleja, sino que se beneficia de la “división del trabajo” que tradicionalmente ha separado a las etnias bolivianas.
Esta división del trabajo se reproduce en el campo electoral en la figura del “invitado”: desde su nacimiento, el MAS recurre a esta figura. El “invitado” generalmente no es electo por las organizaciones sociales, como en cambio sí lo son los candidatos partidistas. La existencia de dos método de elección expresa una dicotomía entre las obligaciones constructivas del partido (el “invitado” se elige según la lógica del marketing electoral, es decir, para mejorar las posibilidades de victoria electoral) y las necesidades redistributivas de los movimientos, que presionan por el cumplimiento de “cuotas” y “turnos”, tal como ocurre en la vida política sindical.[2] La creciente presencia de los “invitados” en los cargos públicos tiene dos explicaciones: primero, la necesidad de mejorar la eficiencia del nuevo régimen y, segundo, la cooptación del “proceso de cambio” por parte de las clases intelectuales y burocráticas, algo que se observa en todas las revoluciones modernas.



1.2.Ideología
e)       La base ideológica mínima del MAS está constituida por un conjunto de creencias tradicionales, como el rechazo a la gran propiedad privada, el odio y temor al “imperio” extranjero y la fe en el uso de los recursos naturales para la reconstrucción del país. Se trata de un campo discursivo muy abierto y ambiguo, dentro del que, por tanto, pueden caber diversas corrientes de pensamiento, como el reformismo de izquierda, el nacionalismo estatista, el marxismo, el indianismo y, en fin, el marxismo indianista. En efecto, todas ellas se encuentran en el MAS.
La ventaja de la relativa ambigüedad y la poca especificidad de la ideología defendida por Evo Morales y sus seguidores reside en su flexibilidad y su consiguiente capacidad de adaptación a las distintas coyunturas políticas. El ejemplo más asombroso de esta ductilidad se halla en la maniobra que permitió que el MAS, de haber ganado en seis departamentos el referendo de 2006 con la consigna de “no a las autonomías regionales”, pasara en 2009-10, por lo menos en cuanto a las apariencias políticas, a liderar el proyecto autonomista.
Esta plasticidad táctica y el no tener una masa ideológica bien solidificada permitieron que el MAS (convertido por las circunstancias y por la calidad política de su líder en la encarnación del cambio radical al que se inclinaba la población boliviana desde el año 2000, y por tanto en la principal opción de poder de los sectores alternativos) pudiera engullir a prácticamente toda la izquierda boliviana. De pronto en él se encontraron la reivindicación clasista de “redistribución de la riqueza”, la reivindicación nacionalista de “control estatal de los recursos naturales, a fin de industrializarlos y lograr el desarrollo del país”, la reivindicación indianista de “expresión política, en una Estado ‘plurinacional’, y jurídica, mediante la ‘justicia comunitaria, de las diversas culturas y formas organizativas indígenas del país, para acabar con el ‘colonialismo interno’ y nivelar los capitales étnicos de los bolivianos”.
Cada uno de los grupos políticos que se sumó al MAS basó su aproximación en alguna de estas reivindicaciones, minimizando las otras. De este modo, dentro del partido coexiste una facción que interpreta la realidad desde un punto de vista clasista, compuesta por la “izquierda tradicional”, esto es, el Partido Comunista y grupos socialistas y guevaristas; una facción del sindicalismo nacionalista y de la izquierda nacional que gira en torno a los dirigentes cocaleros, campesinos y obreros —incluso Evo Morales—, y que apunta a la reedición de la Revolución Nacional de 1952 (nacionalización, capitalismo de Estado, desarrollismo y políticas sociales generosas); y una facción indianista que provee la novedad discursiva al proceso, en especial de cara a la tribuna internacional —a ella pertenece el canciller David Choquehuanca—. El principal teórico del partido, el Vicepresidente Álvaro García Linera, intenta articular de forma coherente estos distintos elementos.
En todo caso, no hay que olvidar que, a diferencia de la izquierda marxista o tradicional, y de los movimientos nacionalistas, socialcristianos y kataristas que se organizaban con arreglo a los paradigmas bolchevique o socialdemócrata, los vínculos que mantienen cohesionado al MAS no son de índole racional-ideológica (con un trasfondo emotivo), sino en primer lugar emocionales, y se ordenan en torno a la identificación entre la militancia y el líder carismático, y al sentimiento de pertenencia a un grupo marginado (que halla una posibilidad de resarcimiento en la política).
En cualquier caso, hoy el MAS tiene tanta fuerza porque representa la realización de una demanda que los grupos contestatarios bolivianos plantearon desde los años sesenta: la unidad de la izquierda nacional. Es aleccionador el hecho de que ésta sólo fuera posible después de una gran derrota histórica, la infligida por el neoliberalismo durante los años noventa.
f)       La desventaja de poseer una ideología excesivamente flexible reside en el peligro de convertirse en un partido “atrapa-todo” y débilmente cohesionado. En esas condiciones, la unidad partidista pasa por la fidelidad al líder, la cual debe ser constantemente renovada por ambas partes: por un lado, el líder espera ser obedecido por las bases, a las que suele someter a prueba; por el otro, las bases esperan un gesto del líder que les asegure el carácter “especial” de su relación con él, pues el “caudillo” constituye su “razón de estar” en la política. Esta relación personal entre líder y bases, como es lógico, pulveriza la institucionalidad partidista (direcciones medias, procedimientos electivos y representativos, etc.) Todo se diluye y se agota en el intercambio de presiones y concesiones entre el “jefe” y los militantes.
Los móviles de la actuación política de los bolivianos son por lo general de índole rentista. Esto significa que los participantes buscan que su filiación a un partido les permita acceder de forma privilegiada a las rentas estatales y a otros recursos públicos. Este interés suele concretarse en el “peguismo” (o demanda de “pegas”, es decir, de empleos en la burocracia estatal).
Por esta razón, la renovación de la confianza y del vínculo especial entre el líder y las bases del MAS se produce en torno a las “pegas”[3]. Cada sector del MAS se siente próximo a Evo Morales en la medida en que éste le permite participar en la gestión del aparato público de una forma más directa, con una mayor cantidad de pegas, o en su defecto con cargos de mayor importancia. A cambio, el sector agraciado confirma su adhesión al jefe del partido. Por tanto, si éste quiere asegurarse el apoyo de los militantes, tiene que entregarles lo que ellos le solicitan. Si por alguna razón (incompatibilidad entre necesidades y posibilidades, requerimientos electorales, mal uso de las prebendas ya concedidas, etc.) el líder disminuye o anula la participación de determinado sector de militantes en el aparato público, de inmediato se produce el distanciamiento respecto a éste y, con él, como consecuencia y no como causa, un disenso ideológico. Esto explica por qué militantes de la cúpula del MAS, algunos de ellos fundadores del partido y todos hombres de confianza de Morales, se convirtieran rápidamente en detractores del partido y su jefe, apenas fueron retirados de los puestos que ocupaban. Es el caso, por ejemplo, de Filemón Escóbar, Alejo Veliz, Román Loayza, Lino Willka, Félix Patzi, etc.
En suma, el MAS se diferencia positivamente de la izquierda tradicional por su capacidad para lograr consenso político en las filas progresistas, pero al mismo tiempo se distingue negativamente de esta misma corriente por poseer menos defensas a la defección de militantes resentidos por las ofensas supuestas o reales del partido y del líder.
g)      Sin embargo, el MAS no es simplemente un club electoral, como en cambio sí eran los partidos del periodo neoliberal (MNR, ADN, MIR, Condepa y UCS). Esto significa que cumple muchas más funciones que las de “estar en campaña”, y que, pese a lo señalado en el anterior punto, su militancia no actúa únicamente por móviles económicos. La mayoría de los miembros del MAS comparten la base ideológica y emocional que ya hemos descrito. Aunque ésta sea restringida respecto a los sofisticados y detallados sistemas doctrinales que desarrollaron en el pasado los partidos comunistas, trotskistas, anarquistas, socialistas y socialcristianos, es suficiente para darle a la militancia de este partido una clara ventaja sobre los clubes electorales residuales o en formación.
Esta afirmación no contradice lo que llevamos dicho: el mencionado núcleo ideológico tiene un carácter negativo, esto es, no señala qué se pretende hacer, pero sí lo que está prohibido creer. En otras palabras, si en lo proyectivo las distintas corrientes que forman el MAS sólo pueden avanzar por medio de su común subordinación a las órdenes e iniciativas de Evo Morales (y, por tanto, un alejamiento de éste tiende a convertirse en una ruptura ideológica), en cambio coinciden de una forma natural y espontánea, si se quiere, “auténtica”, en aquello que rechazan y consideran inaceptable. En ese sentido, puede decirse que el MAS ha plasmado la unidad de la izquierda en torno a un programa reactivo: el rechazo al proyecto neoliberal de modernización de la sociedad que se trató de realizar en los años noventa. Por eso las medidas del primer Gobierno de Morales pueden leerse como una réplica a todas y cada una de las iniciativas que, con el signo ideológico contrario, se tomaron en el período anterior; este proceso forma la imagen invertida en el espejo de lo que representó y configuró el neoliberalismo.
h)      Un programa reactivo necesariamente se plantea de forma maniquea, es decir, como la lucha entre valores “buenos” que entraña y los “malos”, preexistentes, ante los que está reaccionando. La base ideológica mínima del MAS se expresa así en una serie de oposiciones, como podemos ver en el siguiente cuadro, basado en un análisis de los diez primeros discursos del Presidente Morales (2006):




“NOSOTROS”
“ELLOS”
Defensa de la coca
Estados Unidos y su política antidrogas
Pobres, oprimidos
Ricos, opresores
Vida en desgracia e infelicidad (recuerdos de su vida como pastor de llamas)
Vida en opulencia y felicidad
Sufrimiento (recuerdos de la lucha cocalera contra la Drug Enforcement Administration)
Represión, abuso de la DEA y los policías bolivianos
Identidad (popular-indígena)
Identificación con los extranjeros, en particular con las transnacionales
Reserva moral de la humanidad
Corruptos
“Cultura del diálogo” (entre movimientos sociales)
Pactos clientelistas (entre partidos)
Organización nueva (“instrumento político de los pueblos”, es decir, órgano político de los movimientos sociales)
Organización tradicional
Sindicato como gran familia
Individualismo
Política como busca del cambio del país
Política como busca de cargos y pegas
Patriotismo
“Vendepatrias” al servicio del extranjero
Amor a Bolivia
Traición a Bolivia
Conservación de los recursos naturales
Saqueo de los recursos naturales
Distribución la riqueza (sociedad justa)
Acaparamiento de la riqueza (neoliberalismo)
Nacionalización
Privatización
Estado
Transnacionales
“Vivir bien” (esto es, progresar con equidad y respeto al medio ambiente)
“Vivir mejor” (el progreso de unos sobre otros y de todos sobre los derechos de la naturaleza)
Igualdad
Desigualdad

Esta tabla provee una primera orientación general para la toma de decisiones dentro del MAS y su Gobierno. Los distintos tomadores de decisiones deben respetar estas antinomias y procurar que sus determinaciones correspondan con los valores que constituyen al “nosotros”, y, al mismo tiempo, que no los pongan en el riesgo de entrar en la categoría “ellos”. El carácter generalista de estos parámetros explica que el proceso decisional tenga un ritmo lento o, a veces, entrecortado: nadie quiere cometer errores de interpretación respecto a cómo se aplica en cada caso la polaridad ideológica, o sobre las intenciones del líder. La administración del proceso recae sobre la “dirección” y el líder, que definen en última instancia si una decisión es correcta en términos tácticos y estratégicos, si se debe a un error o si forma parte de un sabotaje de un representante de “ellos” infiltrado en las filas de “nosotros”. Las ideologías reactivas y maniqueas tienden a ser constructivistas, es decir, a representarse la lucha de la fuerza positiva que ellas creen reflejar contra la fuerza negativa en términos de “conspiraciones” buenas y malas; en otras palabras, dejan poco espacio al azar, a los factores individuales, etc. Todo lo que perjudica a “nosotros” se origina en “ellos”, y viceversa.
La administración de las decisiones del MAS y su Gobierno por parte del “caudillo” y la “dirección” se manifiesta en las constantes desautorizaciones de estos a sus colaboradores, algunos de los cuales, además, son defenestrados. Ninguna de estas correcciones de ruta sigue un procedimiento institucional previsible. Por otra parte, cada uno de los militantes que se alejó ostensiblemente de Evo Morales fue acusado de haberse pasado “al lado de la derecha”. Esto muestra que la línea que separa el campo del “nosotros” del de “ellos” es trazada por Morales y su entorno. Esta es la principal fuente de su poder dentro del partido.



2.      Primer escenario: crisis
Ahora veamos cómo el MAS, un partido con las características ya descritas, actúa por sí y desde el Gobierno en distintas situaciones históricas. La primera que hemos escogido es la crisis política. Para ejemplificarla, usaremos los sucesos de octubre de 2008 y de marzo de 2009, que por cierto son los dos últimos momentos de crisis generalizada que se produjeron hasta ahora. Para no distraer la atención del lector del tema de este trabajo, sólo haremos una descripción sintética del escenario en el que se coloca el MAS y dentro del cual comienza a tomar decisiones de varias maneras (que es lo que interesa sistematizar).

2.1.Sucinta descripción de la situación[4]
A lo largo de una década de crisis política, los distintos grupos sociales que salieron a protestar a las calles y a bloquear caminos (por muchos motivos distintos, pero en el fondo uno solo: el control de los recursos naturales) se enfrentaron siempre contra el Estado, contra las fuerzas de seguridad.
El Gobierno de Evo Morales, igual que todos los que lo precedieron durante este siglo, también tuvo que actuar jaqueado por las llamadas “minorías eficientes”, es decir, por facciones de la sociedad que, a causa de su gran politización, fueron capaces de resistir denodadamente sus políticas. Lo mismo le pasó a los presidentes Mesa, Sánchez de Lozada, Quiroga y Banzer, aunque los movimientos que luchaban contra ellos eran diferentes de los que se enfrentaron a Morales. Eran justamente los contrarios.
Enfrentados a estos movimientos sociales de nuevo tipo (cívicos, regionalistas, asociaciones de élites), el Gobierno no apeló a la coerción estatal, sino a otro método distinto: la movilización de sus propias fuerzas.
Así es como columnas de comerciantes y artesanos, y sobre todo de los campesinos de los cuatro departamentos donde se concentraba la oposición (pero en las ciudades, no en el campo) fueron movilizados constantemente. Campo contra ciudad, pobres contra ricos. Esta escenificación resultó sumamente útil para tensionar a la sociedad, polarizarla en dos bandos y, al cabo, precipitar una resolución favorable.
En septiembre de 2008, esta estrategia se tradujo en episodios de violencia entre civiles: el 10 un enfrentamiento en Tarija que arrojó 70 heridos, y el 11 en Cobija hubo más de 18 muertos. Poco antes, el Presidente boliviano decidió expulsar al embajador de Estados Unidos, Philip Goldberg, acusándolo de conspirar contra su Gobierno.
El enfrentamiento entre civiles fue el resultado de la prédica de la confrontación en la que participaron el Gobierno y las dirigencias regionales y políticas que se le enfrentaron. Del largo proceso de división y lucha entre el campo y la ciudad, entre los indígenas y los no indígenas, entre los pobres y los ricos, entre el oriente y el occidente del territorio, proceso animado o al menos admitido por el conjunto de las élites nacionales.
La violencia política de los anteriores ocho años ya había matado antes a otros bolivianos, pero ésta era la primera vez en que los sucesos violentos eran compatibles con un enfrentamiento étnico. Aunque los hechos de Pando aún no han sido esclarecidos, parece evidente que de un lado actuaron “collas”[5] de los que en gran cantidad emigraron del altiplano y ahora habitan en los alrededores de Cobija, y, del otro, “cambas”[6] oriundos del lugar. De las víctimas mortales, una fue camba y el resto, collas, lo que indica cuál de los bandos llevó el recurso de las armas hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, eso no permite saber quién comenzó a disparar; los datos recogidos hasta ahora señalan como más probable la hipótesis de que el primer disparo fue colla.
El Gobierno usó este hecho para respaldar su versión de que la resistencia de algunas regiones del país a las transformaciones que impulsaba era un intento de golpe de Estado. También le sirvió para detener al entonces prefecto de Pando, Leopoldo Fernández. El aparato de seguridad y de comunicaciones oficialista se volcó con ímpetu y eficiencia a la tarea de condenar a Fernández y de aumentar la indignación de los collas, en especial de quienes viven en el campo, por lo sucedido. Con esto alimentó las movilizaciones que jaquearon al oriente “rebelde” del país.
Del otro lado, los dirigentes de las regiones antigubernamentales no condenaron de manera inequívoca lo sucedido en Pando, ni reconocieron la necesidad de que, a fin de evitar más muertes, el Gobierno dictara el estado de sitio en esa región, como hizo el 12 de septiembre.
El impacto nacional e internacional de la matanza logró que las regiones opositoras y el Gobierno nacional comenzar a negociar, previa suspensión de las medidas de facto que las primeras estaban realizando hacía semanas. El diálogo se realizó bajo la mirada de organismos multilaterales y, aunque no terminó en nada, creó las condiciones para un acuerdo posterior en torno al proyecto constitucional que se sometería a referendo en enero de 2009, y en relación al cual se había producido el enfrentamiento que tuvo tan funestas consecuencias.
Los hechos ofrecieron al Gobierno la oportunidad de inclinar las cosas a su favor y desempatar la lucha política, que estaba trabada desde su llegada al poder, en enero de 2006. La sucesión de una contundente derrota en el plebiscito que se había producido el 10 de agosto (que ganó Morales con el 67% de los votos y que dio lugar a la actuación de los movimientos sociales antigubernamentales) y el fracaso de las protestas regionales (en gran parte por los sucesos de Pando) puso a la oposición contra la pared.
Poco después, el 20 de octubre de 2008, más de 100 mil campesinos y mineros, venidos de distintos puntos del país, ocuparon La Paz, la sede de gobierno, mientras el Ejército y la Policía no intervenían. Las élites económicas y regionales no alcanzaban ron a decir ni hacer nada, luego del fracaso de las protestas que organizaron y que demostraron su falta de decisión y fuerza política.
Así, toda la iniciativa política caía en las manos de Morales, quien entonces pudo haber tomado la decisión de cerrar el Congreso, arrestar a los jefes de la disidencia en toda la República, y comenzar una nueva etapa histórica.
Ese día Evo encabezó la principal columna de campesinos que llegó a La Paz y por la noche permaneció en vigilia frente al Congreso, rodeado por la multitud. Este gesto, que se interpretó como una operación de marketing, fue algo más que eso. En al menos tres ocasiones el Presidente tuvo que tomar la palabra para calmar a la gente, cuando ésta amenazaba con asaltar el Parlamento. Al final el MAS, apoyado por una importante fracción del opositor Podemos, votó las leyes que “reformulaban” —y atemperaban— el proyecto de Constitución preparado por la Asamblea Constituyente, y que convocaban a un referendo el 25 de enero de 2009 para aprobarlo.
Morales intuyó que sólo él podría equilibrar las posibilidades políticas del momento —que eran enormes— con las exigencias de largo plazo del proceso que dirige. En efecto, otra “revolución de octubre” hubiera fracasado rápidamente. En lugar del poder revolucionario, Evo consiguió sentar las bases de su propio orden político, provisto de su correspondiente institucionalidad y de sus políticas peculiares.
Con la nueva Constitución, se fijó elecciones generales para el 6 de diciembre, pero para que estos comicios pudieran realizarse era necesaria una ley que adecuara las reglas electorales a los cambios constitucionales, y, por tanto, era necesario un debate legislativo.
A este debate asistió la oposición con toda una carga de prevenciones sobre el sistema electoral. Y el oficialismo, con el objetivo de aprovechar la coyuntura para asegurarse, de partida, la mayoría de la próxima Asamblea Legislativa. De ahí la presentación de dos proyectos legales completamente opuestos y el choque entre ellos que empantanó al Congreso.
El bloque opositor exigía, entre otras cosas, un nuevo empadronamiento de los electores, esta vez digital y biométrico. El Gobierno se oponía porque la dimensión de esta tarea amenazaba la realización de las elecciones en el plazo previsto.
Con todo, el MAS tenía suficientes parlamentarios, y el Congreso contaba con un número suficientede miembros ubicados en una “tercera posición” como para que el empantanamiento fuera definitivo. Las negociaciones, tardías y desorganizadas, debían sin embargo dar frutos.
Pero ni el Presidente Morales ni el Vicepresidente García Linera están habituados a negociar, a dejar que sus adversarios obtengan una parte de lo que pretenden. Así que el primero se declaró en huelga de hambre para fortificar las posiciones del oficialismo y convertir el acuerdo, si éste finalmente se daba, en un triunfo personal. Y el segundo estuvo a punto de echar a perder el diálogo al tratar de aprobar el proyecto oficialista en un momento en que la oposición se hallaba ausente de la sala de sesiones.
A la larga, sin embargo, el ayuno de Morales fue una presión más fuerte para los propios que para los ajenos. El Presidente no podía suspenderlo sin lograr el objetivo previsto (la aprobación de la ley electoral), y para esto sólo tenía dos caminos: a) recurrir a una medida violatoria, como “cercar” el Congreso con manifestantes, o comprar parlamentarios suplentes, o impedir las deliberaciones mediante la renuncia de todos los congresistas del MAS; b) ceder a las demandas opositoras, en especial con relación a un nuevo padrón electoral.
Finalmente, prefirió ceder. Aprobó el plan de construir un padrón digital y biométrico hasta diciembre. Admitió la reducción de la cantidad de circunscripciones indígenas, de 14 a siete. Y concedió algunas posibilidades más a la representación de las minorías.
Por su parte la oposición, puesto que el Gobierno no le había dado ninguna razón plausible para “patear el tablero”, también tuvo que ceder, lo que en su caso significaba hacerse a la idea de que en diciembre habría unas elecciones que para ella era imposible ganar.

2.2.Elementos a considerar
a)      En el periodo 2005-2008, el MAS logra el control de todas las organizaciones sociales y sindicales del país, con el que no contaba antes. A partir de ese momento, las decisiones del partido afectan a una masa de decenas de miles de semiafiliados, que le dan una extensión enorme. Por su condición de clase y su tradición política (acción directa para presionar por mejoras en las condiciones de vida), los miembros de los movimientos sociales populares forman una fuerza de masas más formidable que la constituida por los movimientos sociales de oposición, cuyos miembros son más acomodados y, por tanto, tienen más que perder. Lenin decía que lo que hace  una revolución no es la capacidad de matar por una causa, sino de morir por ella. Esto ayuda a explicar lo ocurrido en Pando, donde probablemente las fuerzas del Gobierno provocaron lo sucedido, pero luego sufrieron casi todas las bajas, lo que puso a los dirigentes cívicos en una posición insostenible. La decisión de las bases del MAS de respaldar las decisiones de su partido hasta el sacrificio más extremo es el arma más potente de este partido; mientras la tenga, mantendrá su capacidad de definir la gobernabilidad y, por tanto, será la única fuerza política que pueda gobernar al país.
b)      La capacidad disponible y los reflejos tácticos de los dirigentes del MAS (formados en el sindicalismo), explican la tendencia de este partido a recurrir a la movilización de las bases campesinas y vecinales cada vez que enfrenta un obstáculo político. Una vez en el conflicto, puede moverse con más facilidad que sus adversarios. De ahí que el orden de su acción sea: primero, la movilización y el enfrentamiento, y luego un pacto tardío con el adversario ya derrotado, que por eso debe avenirse a sus condiciones. El MAS es muy hábil en este terreno porque ha heredado e incorporado las habilidades y recursos desarrollados por los sindicatos por alrededor de un siglo.
c)      Otro elemento que explica la mayor capacidad de movilización del MAS es la habilidad de sus militantes para ejecutar instrucciones de forma disciplinada y centralizada, no importa cuánta sea la confusión y la tensión existentes. Esta ventaja se debe a la relación de subordinación entre los participantes y el líder, que en cambio está ausente en la oposición. En ningún momento ésta respondió a un mando único, por lo que debe hacer onerosos, complicados y —la mayor parte de las veces— fallidos esfuerzos de coordinación entre sus distintos sectores. Volveremos a tratar este tema. En este aspecto, la existencia de un “caudillo” es una potencialidad masista, que se verifica en los momentos en que resulta oportuna la acción directa. Sin embargo, como veremos, se convierte en una desventaja en otros momentos políticos.
Esto también abona la propensión del MAS a introducirse en escenarios de confrontación y movilización, en los que la toma de decisiones debe por fuerza ser vertical; digamos, más bien, momentos de índole “bélica”. La maquinaria partidista está perfectamente adaptada a este tipo de situaciones.
Ahora bien, la dinámica acumulada por este tipo de movimientos puede exigir que el líder intervenga personalmente, como ocurrió en octubre de 2008, a fin de evitar que las cosas se salgan de control. Por esta razón, la oposición entre las bases movilizadas, más radicales, y la “dirección” del MAS, con una orientación más moderada, constituye una de las fracturas del modelo organizacional de este partido, aunque hasta ahora Morales haya podido evitar que llegue a mayores.  
d)      Al mismo tiempo, del Movimiento al Socialismo puede repetirse lo que dijo Aristóteles de los espartanos, esto es, que no sabían conservar en la paz lo que habían logrado en la guerra. Cuando este partido no está lanzado en contra de algún adversario (ya sea para una lucha callejera o electoral), tiende a debilitar su cohesión interna a consecuencia de peleas internas por espacios de poder. Por otra parte, la inclinación de Morales hacia la lógica conflicto-concertación, incluso en situaciones en que lo más beneficioso sería invertir esta secuencia, trae dificultades objetivas, como ocurrió con la ya mencionada huelga de hambre y con el asunto de las autonomías, que en determinado momento fueron rechazadas precipitadamente por el Presidente y entonces sirvieron de eficaz bandera política de la oposición. En ambos cosas, Morales se embarcó en enfrentamientos que no pudo continuar, de modo que no le quedó otra que retroceder y desplegar una estrategia menos conflictiva.   
3.      Segundo escenario: deliberación
Una vez más, hacemos una descripción sintética, no pormenorizada, de esta situación política. Lo que nos interesa es obtener inputs para la confección del modelo de toma de decisiones del MAS y el Gobierno.

3.1.Sucinta descripción de la situación[7]
La Asamblea Constituyente tenía un año para redactar una nueva Constitución boliviana. Tardó más o menos el doble. Desde el principio, la mayoría oficialista en la Asamblea (137 de 255, el 54%) pretendió imponerse sobre los otros grupos que, por su parte, se resistieron. Ocho meses se gastaron en discutir el sistema de aprobación del texto constitucional, para el cual el MAS, por razones obvias, consideraba suficiente el 50 por ciento más uno de los votos, en tanto que la oposición pedía dos tercios, a fin de hacer valer su presencia en el cónclave. Ocasionalmente, el oficialismo recurrió al método que es la marca característica de su estilo político: la organización de protestas para presionar a los representantes, que esta vez no le dio resultado y, en cambio, empujó a sus adversarios, fuertes en los departamentos del oriente y sur del país, a movilizarse también. Todo lo cual, como es lógico, complicó en lugar de allanar el camino de la Constituyente.
Al final, el MAS debió ceder ante su adversario, aunque logrando algunas concesiones de éste. Se aprobó entonces un reglamento de debates de consenso que permitió el tratamiento inicial de los temas de fondo. Pero en el segundo periodo al que esto dio lugar, la mayoría oficialista nuevamente maquinó para imponerse, por ejemplo impidiendo que la oposición cívico-política pudiera introducir sus propuestas a la plenaria de la Constituyente. En lugar de eso, apoyó los proyectos indigenistas radicales.
Pero este segundo intento de forzar una resolución de las cosas tampoco prosperó. La oposición introdujo en la discusión el tema de la capital del país, que se disputan Sucre y La Paz, y se produjeron en ambas ciudades sendas concentraciones que, tal como ya había ocurrido antes, hicieron más difícil, no más fácil, que la Asamblea encontrara la forma de concretar su trabajo. Al mismo tiempo el oficialismo, obligado por la necesidad de ampliar el mandato de la Constituyente por tres meses adicionales, tuvo que moderar sus agresiones contra la oposición y llegar a un segundo acuerdo para salvar su principal instrumento de reforma política.
Esta fue la historia cíclica de la Asamblea: la mayoría de sus miembros tratando de convertirla en un instrumento propio (en buena parte por la dinámica espontánea de sus grupos internos, que fue incontrolable), fracasando en el intento, y entonces retrocediendo un poco y llegando a acuerdos que, al cabo de un breve tiempo, romperá o tergiversará embargada nuevamente por la ilusión de prescindir del adversario. Ilusión ésta que alimentaron los grupos de presión externos y las facciones más radicales de la propia mayoría. Por ejemplo, los acuerdos con la oposición fueron objetados por los indigenistas que estaban aliados con el MAS, porque éste sacó los proyectos constitucionales de estos de la plenaria a fin de hacer lugar para que entren, en sustitución, los de la “oposición de derecha”.
La ausencia de una estrategia de concertación en cualquiera de los dos grupos en que estuvo dividida la Asamblea no sólo expresó los rasgos autoritarios de la cultura política boliviana; también respondió a una profunda contraposición de dos visiones del país y de la reforma constitucional. Como se pensaba tan diferente, la probabilidad de llegar a acuerdos “híbridos” o “mínimos” era muy baja.
La Representación Presidencial para la Asamblea Constituyente hizo un análisis de las 80 principales propuestas realizadas por los partidos y las organizaciones sociales. Uno de los autores de este estudio, José Luis Martínez (2007), concluye lo siguiente de su lectura:
“a) En primer lugar, se manifiesta una profunda desconfianza hacia varias de las instituciones, mecanismos, principios y valores fundamentales de la tradición democrática liberal: representación, sistema de partidos, poder judicial, libertad […] Este rechazo del constitucionalismo clásico y de la democracia liberal es generalizado entre los movimientos sociales latinoamericanos y se traduce en la formulación de principios e instituciones alternativos, es decir, en la reinvención del lenguaje constitucional[…]
“b) En segundo lugar, las luchas de los movimientos sociales se conciben como resistencias frente a la concepción del mundo liberal-mercantilista, caracterizada por el individualismo, la soberanía estatal frente a la soberanía popular y la autonomía del mercado respecto de las esferas social, cultura y política. Este posicionamiento discursivo representa, más allá del rechazo del régimen constitucional liberal, un serio cuestionamiento del sistema de Estado y del sistema capitalista que se apoya en una serie de teorías sociales, políticas, económicas y en un conjunto heterogéneo de corrientes de pensamiento crítico…
“c) Por último, una paradoja aparente: el recurso a la Asamblea Constituyente y a la Constitución como instrumento de cambio. En efecto, a la vista de lo anterior, resulta paradójico pretender la revolución del orden vigente mediante el recurso a un mecanismo —la Asamblea Constituyente— cuyo objetivo es la redacción de una nueva Constitución. Las tensiones de esa paradoja se vienen manifestando y seguirán haciéndolo a lo largo de todo el proceso.”
La paradoja de una vía deliberativa para lograr un objetivo hegemónico se tradujo en una incapacidad de llegar a acuerdos que, a la postre, tuvo que ser superada de espaldas a la democracia partidista, esto es, con una comisión de técnicos y jefes políticos del MAS y de la oposición que tacharon partes de la redacción de la Constitución que había hecho la Asamblea y pusieron en su lugar cláusulas más moderadas y aceptables para las partes.

3.2.Elementos a considerar

a)      Si todas las virtudes del caudillismo, la organización sindical-corporativa de las bases y la preferencia por los momentos “bélicos” afloran en las crisis políticas, todos los defectos de estas mismas conductas y actitudes se hacen patentes cuando se necesita deliberar y llegar a acuerdos. Como el MAS carece de la tradición política adecuada para ello, entonces en los momentos álgidos los dirigentes deben sobreponerse y tomar decisiones sin tomar en cuenta la institucionalidad partidaria.
b)      El radicalismo de ciertos sectores de las bases masistas choca contra la táctica democrática por la que se ha decidió el partido en el actual momento histórico. Aunque los dirigentes estén más conscientes de las necesidades que impone la participación en un sistema político pluralista, sus posibilidades de tornar operativa esta consciencia se hallan restringidas por el miedo a desprestigiarse frente a las bases radicales.
c)      La disciplina que se observa el MAS en los momentos de movilización se deteriora en los momentos de deliberación: emergen las diferencias ideológicas, de visión del futuro, y los intereses parciales (de sectores, regiones, clases sociales, etc.)
d)      El líder del partido no ejerce la misma influencia articuladora en la deliberación que en la acción directa, lo que muestra la similitud que existe entre su personalidad y la naturaleza de su partido. En estos casos, la carencia de un mando indiscutido aumenta la vulnerabilidad del partido en los espacios de debate político y generación de políticas. De ahí que la “dirección” del MAS sea más autoritaria en estos espacios que en otros, como las campañas y movilizaciones. Así, por ejemplo, desde 2010 ha generado una serie de mecanismos de control para garantizar que sus parlamentarios en la Asamblea Legislativa obedezcan las instrucciones que emergen de la plana mayor del Ejecutivo. Hasta ahora, esta política está funcionando con bastante eficiencia, como muestra la aprobación casi sin alteraciones de las cinco leyes fundamentales que la Asamblea Legislativa aprobó este año con la intención de formar una base legal suficiente para asegurar la aplicación de la Constitución aprobada en enero de 2009.




4.      Tercer escenario: elecciones
En este caso no sólo describimos la coyuntura electoral, sino también, de forma más detallada, algunas de las decisiones del MAS para lograr la reelección de Morales en diciembre de 2009. También se habla de las elecciones de abril de 2010, más complicadas que las anteriores.

4.1.Sucinta descripción de la situación[8]
Como hemos dicho, en septiembre de 2008, el “antievismo” cometió un grave error: tocado por su derrota en el plebiscito de agosto de ese año, trató de precipitar un enfrentamiento físico con el Gobierno, activó un conato de guerra civil que terminó fracasando chapuceramente. El Gobierno conjuró la ola de tomas y protestas violentas que se extendió por el oriente movilizando a muchedumbres campesinas hacia las capitales. Cuando esta acción fue repelida en Pando y decenas de personas murieron, dictó estado de sitio en este departamento y arrestó a su prefecto, el opositor Leopoldo Fernández, acusado de ser el autor intelectual de una masacre. Esto bastó para mostrar que, en el terreno de la acción, quienes querían la revolución eran más fuertes que los que pretendían detenerla, por el simple hecho de que estaban dispuestos a mucho más. El ejército de universitarios, funcionarios y vecinos acomodados que podía poner en marcha la oposición no tenía la fuerza necesaria para enfrentarse simultáneamente al Estado y al movimiento campesino.
La derrota se consumó los primeros meses de 2009, con la aprobación multitudinaria de la nueva Constitución (y la convocatoria a elecciones presidenciales para fines de ese mismo año) y, poco después, con el descubrimiento de que el núcleo dirigente de Santa Cruz estaba vinculado a un grupo armado que la seguridad estatal había eliminado. Poco después se desató una oleada de investigaciones judiciales y de fugas de los sospechosos al extranjero.
A lo largo de su caída, el bando opositor fue perdiendo la capacidad de cohesionar a sus seguidores y, como consecuencia directa de ello, comenzó a sufrir defecciones y desprendimientos. Lo impensable, que era estar en contra del propio grupo y ver al adversario como alguien tolerable, se hizo repentinamente posible. Fue el turno de los gestos conciliadores de los empresarios al Presidente; del paso de miembros de los grupos de choque regionales a las huestes oficialistas; de la paulatina moderación de los medios de comunicación opositores, que cambiaron su programación política más bien incendiaria por otra centrada en los temas sociales y la vida cotidiana.
El fin de la polarización tuvo un inmediato correlato electoral: las encuestas mostraron desde muy temprano que el Presidente Morales lograría la reelección con porcentajes cercanos al 50%. Al mismo tiempo, la oposición dura apareció en ellas con el 45% de la preferencia cruceña, una cifra bastante inferior a sus expectativas.
El fin de la polarización, en suma, convirtió las elecciones presidenciales de diciembre de 2009 en un anunciado y previsible acto de renovación del poder.
Partiendo con tanta ventaja, ¿qué buscó la campaña del MAS? Según uno de sus responsables, Jorge Silva, garantizar una mayoría parlamentaria suficiente para asegurar la aplicación de la nueva Constitución aprobada meses antes[9]. A su vez, obtener la mayoría en ambas cámaras requería un resultado general alto y de buena votación en todos los departamentos.
El MAS podía dar por descontada la lealtad del occidente de Bolivia, donde ya había obtenido en algunos sitios votaciones superiores al 80%. Al mismo tiempo, necesitaba extremar esfuerzos en la ciudad de La Paz, y en el oriente y el sur. Las encuestas mostraban que la intención de voto por el MAS resultaba mayor mientras más bajo era el nivel socioeconómico y el grado de instrucción del encuestado, aunque estaba fuertemente presente en todos los estamentos de la sociedad. La estrategia obvia frente a estos datos era intentar recuperar, o seducir al fin, a las clases medias que en el pasado se habían polarizado en contra del MAS.
A este objetivo se atribuyó el que muchos candidatos clave de este partido provinieran de las capas intermedias. Los casos más destacados fueron el de la reputada periodista Ana María Campero, candidata a primera senadora por La Paz; el del ex ministro de Defensa Legal y asesor jurídico del MAS, Héctor Arce, candidato a primer diputado por el mismo departamento, y el de Gabriela Montaño, también abogada, candidata a primera senadora por Santa Cruz.  
También se produjo una significativa disminución del ingrediente indianista en la propaganda del MAS. El programa de Gobierno presentado está orientado a desarrollar las economías estatal e interna, y a dar un salto “industrial” a partir del procesamiento de los recursos naturales[10]. No hace hincapié en las propuestas con las que el MAS se identificó en el pasado: empoderamiento indígena, construcción de un Estado que reconozca y genere el pluralismo étnico-cultural de la sociedad, etc. Se adapta así a la mentalidad desarrollista de la mayoría nacional. Esta estrategia era especialmente importante para mejorar su situación en el oriente y el sur del país, donde la influencia de la cultura y política indígenas sólo ha comenzado a sentirse desde hace algunos años, y la tradición es más bien criolla.  
El MAS redobló sus esfuerzos propagandísticos en esta parte del territorio. Sus publicistas usaron una estética moderna y adecuada al gusto urbano, ideal para comunicarse con los estamentos más acomodados. En los anuncios televisivos con mensajes del segundo tipo de promesa, las imágenes mostraban a Evo junto a jóvenes de inconfundible extracción de clase media y urbana. Se sustituyó el antiguo lema “Evo soy yo” (donde “yo” equivalía a un boliviano pobre) por el más incluyente de “Evo somos todos”.
Todo esto se explica también porque los indígenas constituyen para el MAS un público electoral cautivo; tampoco se niega que este partido hiciera campaña orientada hacia todas las clases sociales y las regiones, pero es sugestivo. Junto con ello, el MAS realizó ajustes de índole táctica: el Gobierno apareció en una actitud más conciliadora e institucionalista. Por ejemplo, el Presidente condenó públicamente las agresiones de sus militantes a los candidatos que concurrían a inscribirse a las oficinas de la Corte Nacional Electoral, y pidió a los movimientos sociales que permitieran campaña de la oposición en todo el territorio. Por otra parte, decisiones gubernamentales que podían resultar antipáticas para el oriente, como la reversión de tierras de dos de las familias más poderosas de Santa Cruz (Marincovic y Monasterio), se postergaron hasta después del 6 de diciembre; mientras que otras se omitieron: por primera vez, el oficialismo no inauguró su campaña con el anuncio de una nueva nacionalización.  
Como remate, el MAS celebró alianzas electorales con múltiples agrupaciones de profesionales, empresarios y jóvenes de clase media, como “Jóvenes por el cambio” y “Santa Cruz Somos Todos”.
El 6 de diciembre, los resultados electorales del MAS correspondieron con la estrategia adoptada por éste. Como muestra el siguiente gráfico, el principal factor de su éxito es su crecimiento urbano:

Trayectoria electoral del MAS comparada (en número de votos)
Fuente: Proyecto PAPEP.
Si las elecciones presidenciales de diciembre fueron “un desfile” para el MAS, los comicios regionales y municipales de abril de 2010 mostraron una mayor contestación a la mayoría electoral del oficialismo, que resultó erosionada en términos generales y también, puntualmente, en algunas de sus plazas fuertes.
El MAS perdió las alcaldías de la mayoría de las capitales del país, inclusive las de La Paz y Potosí, donde a Morales en cambio le fue muy bien en diciembre. Además, el MAS obtuvo mayorías muy estrechas para lo que era normal en algunos de sus tradicionales baluartes: El Alto, la ciudad-dormitorio de los migrantes aymaras que trabajan en La Paz (escenario de la mayor parte de las victorias oficialistas), y Oruro, que también es fuertemente indígena.   
Al mismo tiempo, el MAS ganó con bastante comodidad (pero no abrumadoramente, como otras veces) la mayoría de las nueve gobernaciones departamentales. Aumentó, a las que ya controlaba, las de Chuquisaca y Pando. Sin embargo, una vez más no pudo seducir a los dos departamentos rebeldes del oriente: Santa Cruz y Beni. Tampoco destronó al opositor Mario Cossío de Tarija (aunque estuvo cerca de hacerlo).
Todo esto muestra que la hegemonía del partido del Presidente sigue basada en su impresionante ventaja en el mundo rural, que responde a una vieja tradición corporativa uniformadora, llamada “voto campesino”, la cual busca —y a veces logra— la unanimidad. Al mismo tiempo, el MAS perdió algo de la extensión hacia las ciudades y sobre todo hacia los barrios de clase media que logró en diciembre (cuando no fue mayoritario en estas áreas, pero creció respecto a sus posiciones anteriores).
En suma, estas elecciones fueron distintas de las de diciembre. Bolivia es un país históricamente fragmentado y heterogéneo. Este hecho sólo se “supera”, digamos así, cuando entra en juego una ideología unificadora y centralizadora: el nacionalismo de los recursos naturales, cuyo contenido es estatizar la riqueza y convertirla en la base de la prosperidad de todos (mediante la industrialización) y de cada uno (mediante la redistribución, los bonos, los subsidios, etc.). Esta ideología ha sido la mayor parte del tiempo el “cemento” social; sólo ella ha logrado producir momentos de verdadera hegemonía a lo largo de la historia del país. Actualmente, claro, está representada por Evo Morales y el MAS, por lo que, cuando estos enfrentan pruebas que los ponen en riesgo, son defendidos y apoyados por la mayoría abrumadora de toda la población. En abril, la situación fue diferente, pues ni el MAS ni Evo se encontraban amenazados; su poder y la ejecución de sus ideas se hallaban plenamente garantizados. Por tanto, volvió a salir a flote el hecho objetivo que el consenso ideológico había encubierto: la fragmentación y la heterogeneidad del país.
Hay que tomar en cuenta que el MAS participa con muchas candidaturas “invitadas” en el oriente e incluso en el occidente, por lo que muchas de sus victorias municipales no tuvieron la calidad como para lograr una actuación partidista coherente. Los “invitados” se eligieron por razones puramente electorales, y seguramente empeorarán la ya reiterativa ineptitud de este partido para gestionar los asuntos locales y aumentarán la microcorrupción,  que ya está asociada a su práctica municipal.
En algunos municipios, diferentes agrupaciones indígenas presentaron candidatos propios, lo que muestra su desconfianza en el MAS como representante de sus intereses y también otro fenómeno muy importante: conforme el MAS crece hasta cubrir bajo su sombra casi el conjunto de la política nacional, el poder le resulta pequeño para satisfacer la “empleomanía” de su cada vez más multitudinaria militancia. Por esta razón, aparecen a su vera grupos alternativos. Estos comparten la misma matriz ideológica que Evo, pero proporcionan a los aspirantes al poder una oportunidad de lucimiento y de acceso al poder que el MAS ya no les concede. En muchos casos, la formación de estos grupos constituye una emulación ingenua de la trayectoria política de Evo (con la idea de que las cosas se repetirán exactamente igual), y hasta una muestra de resentimiento por el “maltrato” recibido por sus creadores cuando estaban en el MAS.
Como parte de este fenómeno, en abril el MAS rompió su alianza con un partido de cierta importancia, el Movimiento Sin Miedo (MSM), de Juan del Granado, que ganó las alcaldías de La Paz y Oruro. 
La ruptura con el MSM podría ser un error estratégico del MAS, porque aquel tiene ciertas condiciones para constituir una oposición a Evo que no hable desde el pasado y que emplee un discurso progresista, aunque le será muy difícil lograrlo. La respuesta de las autoridades a este desafío ha sido dura: Del Gradado ya ha sido advertido con que se lo enjuiciará por corrupción (lo que por norma ocurre con todos los adversarios de cierto peso del oficialismo).
Sin embargo, no debemos olvidar que la mayor contestación al MAS de la que estamos dando cuenta es una suerte de “guerra de guerrillas” del pequeño MSM y decenas de grupos todavía más chicos, de personalidades regionales y agrupaciones de alcance estrictamente local. Visibiliza, como ya dijimos, la heterogeneidad estructural del país, pero no equivale a la formación de un proyecto alternativo de poder.
Llama la atención el que varios de los candidatos alternativos y de los críticos al Gobierno que se expresaron en estas elecciones eran, ayer nada más, colaboradores estrechos de Evo. La capacidad cohesiva del MAS, como hemos visto, es frágil. La adhesión a la ideología nacional-estatista es más un estado de ánimo que una toma de conciencia militante como la que se daba en la izquierda marxista.

4.2.Elementos a considerar

a)      Elección tras elección, el MAS crece electoralmente en las ciudades. Este es el factor que lo ha convertido en la principal fuerza política del país. Como dice Do Alto, su rasgo esencial en tanto partido de masas es su expansión del campo a las ciudades. Como es obvio, tal cosa tiene importantes implicaciones y efectos organizativos y políticos.  
b)      El crecimiento urbano exige un aprovechamiento intensivo de la figura del “invitado” y la incorporación de “profesionales” y otros miembros de la clase media que, aunque formalmente subordinados a las estructuras partidistas campesinas, en los hechos actúan de acuerdo a sus propios códigos políticos. Estas figuras pueden imponerse dentro del partido y del Gobierno gracias a que fueron elegidas directamente por la “dirección” y el líder, y a que mantienen con estos una relación privilegiada. En ocasiones, el líder debe protegerlos de la crítica de las bases. Esto introduce problemas, como la aparición de grupos de élite que no forman parte de la vida interna del partido; la toma de los principales cargos estatales por parte de personas relativamente externas al MAS que el líder no puede controlar directamente, ya que su espacio de acción, el “técnico”, le está vedado a una figura esencialmente carismática; aparición de disputas intergeneracionales dentro del partido: la vieja guardia se estrella contra los “invitados” porque ve que estos avanzan más dentro de la plantilla gubernamental; desprendimiento de grupos molestos con los privilegios concedidos por el líder a ciertos grupos de clase media; pérdida de disciplina en las acciones políticas; etc.
c)      Dentro de la hegemonía del nacionalismo-revolucionario y de Evo Morales, pueden producirse disensos y variantes políticas que no estén directamente controladas por el MAS. Conforme se produzca un mayor desgaste en el ejercicio del poder y un mayor “hacinamiento” del partido, la posibilidad de que haya desgajes son mayores. Las elecciones de abril probaron que cuando el MAS no está involucrado en un enfrentamiento directo con el “antiguo régimen” o con algún enemigo externo, disminuye su capacidad de garantizar la “unidad de la izquierda” lograda desde 2005 o antes, y ciertos grupos de militantes, así como los aliados, tienden a actuar por su cuenta. Esto puede tener dos efectos: a) una constante necesidad de escenificar la polarización, pues ésta permite disciplinar y cohesionar a las filas del MAS, b) cambios en el patrón de toma de decisiones: aumento de la desconfianza interna, menor delegación de poder de la “dirección” a los militantes, centralización de la jerarquía y los recursos partidarios para evitar la acumulación de poder en sectores potencialmente disidentes.



5.      El modelo de resolución política del MAS
a)      Un Gobierno carismático. En el MAS confluyen varias corrientes ideológicas distintas. El eje de este partido está constituido, sin embargo, por una gran cantidad de dirigentes populares. Muchos son indígenas, pero su principal identidad no es ésta, sino la de campesinos y plebeyos urbanos, que es la identidad que “ponen” en política.
A este grupo pertenece Evo Morales. Lo suyo es el lenguaje de las posiciones: interesan sus hechos más que sus palabras, que normalmente son airadas y tremendistas. Por encima de sus frecuentes contradicciones, las cuales confunden a los observadores, en el fondo posee un instinto político extraordinario, que le ha otorgado un liderazgo inconmovible sobre el MAS y, aún más, sobre la izquierda boliviana en conjunto. Esto no significa, claro está, que las contradicciones, emitidas ahora desde el alto pedestal de la Presidencia, no vayan a erosionar, con el tiempo, su credibilidad. Pese a este éxito, quienes han podido acercarse a él informan a menudo de su extraordinaria desconfianza respecto a sus seguidores[11], Según la tipología de Weber, la legitimidad de este liderazgo debe calificarse como fuertemente carismática, porque se basa en las condiciones personales de Morales, que la mayoría cree son justamente las que necesitan el país y el momento histórico.
Según las encuestas, la población valora en Morales sobre todo su radical oposición a la política que se hizo en el país en las décadas del “neoliberalismo”. Evo Morales es la antítesis de este proyecto que finalmente fracasó, lo que no carece de implicaciones en su programa de realizaciones, como veremos. Ha logrado encarnar la oposición al neoliberalismo por dos razones: por su oficio de luchador social, de dirigente del grupo más contestatario de la década de los noventa —los cocaleros— y, después, por ser un indígena, es decir, un marginado del mundo “opulento” y descarriado que la mayoría desea cambiar.
La base del éxito electoral de Morales está en su condición social, que es la misma que la mayor parte de los electores, con los cuales además comparte el color de piel, la formación cultural, la forma de vestir, los hábitos, etc. Se trata de alguien que ha surgido desde muy abajo, que comenzó siendo un pastor en el lugar más pobre de Bolivia, y en uno de los más pobres del mundo, el Altiplano orureño, y que por eso puede mostrar su vida como un testimonio. El poder simbólico de la biografía de Morales en un país en que la política es una de las pocas vías de movilidad social resulta inmenso; de ahí la identificación que ha logrado despertar entre los bolivianos, que le han ofrecido hasta ahora grandes mayorías electorales.
Weber dice que lo normal es que los líderes carismáticos consagren su vida a la política; los casos fraudulentos son raros y transitorios. Morales lo prueba. Tanto sus amigos como sus enemigos le reconocen autenticidad y pasión (que suelen describirse como “buenas intenciones”), las que constituyen el combustible de sus esfuerzos. La convicción del Presidente en su propio destino es una de las razones que le han permitido conquistar la lealtad de sus seguidores.
b)      Un Gobierno caudillista. El amor por —y el temor a— Evo Morales es la primera sustancia que amalgama la diversidad ideológica, étnica, clasista y organizativa del MAS. Por esto García Linera (2006) ha llamado con propiedad “evismo”a esta tienda política y a su estela de simpatizantes. De esta manera evidencia la relación de todos con el “caudillo”, y en primer lugar la suya propia, que con tal personalización del proyecto político, que alimenta el culto a la personalidad de Evo, se asegura el apoyo de éste y, simultáneamente, su papel de segunda figura del movimiento.
Morales se ubica por encima de las instituciones y las leyes. De la cercanía al líder emana realmente el poder. En un movimiento en el que la palabra del líder es la ley, quienes pueden llegar a los oídos de éste son los modeladores de la palabra y, por tanto, los custodios de la ley.
Por supuesto, esta situación tiene poco que ver con los rituales y procedimientos de la democracia representativa, que, por lo menos formalmente, permite un acceso regulado e igualitario a la autoridad. En la política real, claro, siempre hay círculos palaciegos. Sin embargo, su efecto puede ser limitado en la medida en que el poder del jefe de estos círculos, del mandatario, sea limitado. Cuando no lo es, cuando el líder está en posición de decidir sobre el destino de todos y cada uno de los miembros del Gobierno, como Morales, entonces el papel de los círculos palaciegos (la “dirección”) se torna muy grande.
Esto hace que la lógica de toma de decisiones pueda expresarse como la dialéctica entre líder, “dirección”, grupos de profesionales, institucionalidad partidista y bases (que aportan con movilización y disciplina y exigen, a cambio, reconocimiento por parte del líder y, por tanto, pegas).
La dialéctica es la siguiente: el líder no genera, pero avala las políticas; la “dirección” genera las políticas, pero requiere del aval del líder, por lo que intenta complacerlo y seducirlo con arreglo a la “matriz ideológica” que hemos sintetizado más arriba. La institucionalidad partidista es usada en momentos de movilización y cuando se produce malestar dentro de las bases. Las bases procuran obedecer las instructivas de la “dirección” o, en algunos momentos, de la institucionalidad partidista, a fin de obtener reconocimiento del líder y, por tanto, espacios en el aparato partidario y estatal. Cuando esto no ocurre, sólo entonces generan un disenso de la política. En ese caso, la “dirección”, a través de la institucionalidad partidista, disciplina a las bases rebeldes y expulsa a sus dirigentes. El líder avala la decisión de la “dirección”. Con ello, el mecanismo puede seguir funcionando[12].
c)      Un Gobierno “anti”. El caudillismo es natural en los movimientos fuertemente emocionales que, como el MAS, se organizan, antes que en torno a una propuesta modélica de nueva sociedad, alrededor de un rechazo a la sociedad tal como es. Las disímiles facciones ideológicas que componen el MAS no se han puesto de acuerdo respecto al curso de la transformación que ellas mismas están impulsando (unas hacia el Estado del bienestar, otras hacia el Estado multicultural, y algunas, finalmente, hacia el socialismo), pero se unirían fácilmente para condenar el presente en cualquiera de sus aspectos. Esto también se expresa en el Gobierno, que por eso es un Gobierno “anti”, es decir, contrario a cierto tipo de política económica, a cierta visión de la democracia y a determinada orientación de la cultura. Su programa consiste en la negación de los proyectos, los personajes y los poderes anteriores.
Esto se traduce, en primer lugar, correspondientemente con la ya mencionada imagen electoral de Evo Morales, en un Gobierno antiliberal (en las dimensiones económica, política y social).
d)      Un Gobierno cesarista. El antiliberalismo político del MAS se alimenta de la concepción constructivista, según la cual las instituciones políticas son títeres de quienes poseen el poder. Según esta concepción, las instituciones sociales no viven una vida propia, sino que son instrumentos de determinadas ideas e intereses. Sirven, por ejemplo, para controlar la mente de las personas (la escuela y la iglesia). Y nada hay en ellas que pueda resistir tal designio. Nuevos grupos en el poder deben dar lugar, por tanto, a nuevas instituciones, las cuales también serán instrumentales. Tanto los conservadores como los revolucionarios se consideran dotados de la capacidad y el poder para definir absolutamente el sentido de la sociedad y sus elementos. Por eso, el quid del cambio no se cifra en las instituciones, sino en la titularidad del poder: la cuestión es quién gobierna, porque puede modelar el mundo social a su imagen y semejanza. De ahí la importancia que concede el MAS a la conquista de cada vez mayor influencia política.
Los constructivistas sobreestiman el papel de lo premeditado, de lo preestablecido, en el proceso social. Por eso son firmes creyentes de las teorías de la conspiración. Para ellos no sólo es posible, sino también sencillo, que un grupo de confabulados manipule la coyuntura histórica. Puesto que en su opinión la clave de la cuestión está en quién detenta el poder, ya que todo lo demás se deriva de allí, su versión de la política, despojada de lo accesorio, se reduce a las maniobras necesarias para capturar y conservar el poder. Caídas las instituciones (convertidas en “títeres”), sólo restan los dirigentes y sus batallas por el mando. Todo depende de esto. No hay reglas que regulen el juego primitivo (o, mejor dicho, el juego primitivo predomina desde el momento en que, por varias causas, las reglas sociales entran en decadencia y pierden su condición imperativa). Se trata, entonces de una conducción cesarista de la sociedad.
El líder constructivista, que desconfía de las instituciones, tiende a elevarse por encima de ellas. Actúa directamente, sin detenerse en las formas y en los cómos, justificado de antemano por su propósito. Este líder no confía en los métodos institucionales para cumplir las tareas estatales —por ejemplo, la lucha contra la corrupción—, sino que, yendo directamente al grano, prefiere “colgar” —simbólicamente— a unos personajes supuestamente deshonestos, eliminando con ello el complejo sistema de derechos, salvaguardias y contrapesos que no sólo protegía a los adversarios, a las víctimas propiciatorias y a los ciudadanos en general, sino también a los propios militantes del oficialismo, a los miembros de su movimiento. Así, el líder se erige en juez de su propia gente, sin que a ésta le sea posible recurrir a ninguna institución que le permita equilibrar sus recursos respecto a los del jefe. Se siembra entonces el miedo, un miedo paralizante en el seno mismo del partido gobernante y del Estado. Puesto que la política se concibe como una batalla por el mando, no se admite la posibilidad de que los cuadros del oficialismo hagan política y que ésta no tenga que ver, ni siquiera indirectamente, con esta batalla. Por ello, todos son potencialmente traidores y corruptos.
Los resultados obvios de la trampa psicológica que estamos describiendo son los siguientes: la obsecuencia política de militantes y funcionarios, la aparición de una “corte” dedicada a obedecer y halagar, la desaparición de la iniciativa personal.
Estos no son fenómenos exclusivos del MAS, sino que, al ser subproductos del caudillismo, se observaron en todos los partidos bolivianos.
e)      Un Gobierno centralista. La ideología del partido de Gobierno se comporta como una especie de fuerza centrípeta que tira de la economía y la sociedad hacia adentro, oponiéndose así a la fuerza centrífuga que relaciona el área modernizada de Bolivia (erigida en torno a la producción de materias primas) con los mercados y los capitales extranjeros. Esta inclinación hacia el exterior del incipiente capitalismo boliviano es considerada, por el MAS, la causa del atraso del país. Contra ésta resulta necesario administrar, por tanto, un antídoto simétricamente contrario: el nacionalismo, el desarrollo hacia adentro, la distribución de los excedentes obtenidos por el polo moderno para beneficio de la gran periferia empobrecida, de modo que se extienda el aparato productivo y se atienda las necesidades de la mayoría de la población.
Ciertamente que esto no es posible mientras las fuerzas del mercado actúen a su propio aire. Se hace necesaria la intervención de un organismo que ponga límites y reoriente el flujo económico, de modo que éste pueda dirigirse hacia determinados objetivos predefinidos. Comienza a funcionar el dirigismo económico y social.
Ahora bien, siguiendo la lógica de lo que decimos, se concluye que un Estado nacionalista no puede ser al mismo tiempo fuertemente descentralizado, porque en tal caso no tendría la capacidad de dirigir la economía y la sociedad, como quiere hacer. De ahí la oposición inicial del MAS a las autonomías departamentales y después su adopción formal de este modelo, pero sin que eso le exija ceder a los niveles subnacionales la posibilidad de tomar decisiones políticas clave. Esto ocurre también dentro del partido, pues la mayor parte de las políticas se generan desde La Paz (aunque la “dirección” cuente con miembros de algunas regionales, pero no porque sean representantes de éstas, sino por su propia relevancia personal).
f)        Un Gobierno corporativo. A un Gobierno cesarista lo amenaza el aislamiento, así que debe encontrar puntos de sustentación. En el caso boliviano, uno es el Ejército, que siempre ha sido nacionalista y que por eso ahora respalda firmemente al Presidente que ha nacionalizado el gas. Otra fuerza no electoral que sostiene al Gobierno, además del Ejército, son los organismos corporativos, los sindicatos y otras asociaciones civiles, que, en muchos periodos de la historia del país —justamente cuando, por una u otra razón, las instituciones liberales eran desmontadas— han servido para que los representantes de las clases subalternas llegaran al poder, creando una tensión entre una participación política directa de la población y el beneficio de unas élites heterodoxas gracias a los excedentes nacionales obtenidos por el Estado.
No hay que olvidar que, en cierto sentido, el MAS es una federación de organizaciones corporativas, sobre todo sindicales, que a lo largo de estos años ha concebido la política de una manera también corporativa, es decir, como un proceso de movilización en pos de determinados intereses y, normalmente, en contra del Estado.
El Estado corporativo es un Estado que se afirma sobre un archipiélago de grupos de autodefensa, tanto de las clases subalternas como de las dominantes, interconectados por frágiles y móviles relaciones de atracción y repulsión. Un Estado, por tanto, sin personalidad propia, que se compone y recompone de acuerdo al juego de fuerzas, pues carece de instituciones y lógicas autónomas. Un Estado sin la madurez suficiente para independizarse de los intereses de la sociedad civil, entre los que sólo puede dirimir el líder cesarista.
La fortaleza del Estado corporativo reside en su adecuación a la cultura de la sociedad boliviana. Pero también se trata de un Estado estructuralmente inestable, siempre objeto de presiones, bloqueos y asonadas.
Las corporaciones que no se sienten suficientemente representadas, u otras que incluso se consideran amenazadas por el Gobierno, como la Iglesia católica, comienzan a confrontarse. Surgen demandas de aumentos salariales y de participación en los beneficios del triunfo popular, que van ganando en volumen y agresividad.
g)      Un Gobierno de las masas. El proceso está convirtiendo a Evo Morales en un poderoso “caudillo” que, al ubicarse por encima de las instituciones, se transforma también en un “César”. La fuente de donde surge la energía para esto es el predicamento de Morales sobre las masas populares. En las condiciones actuales de Bolivia y del mundo, Evo no puede prescindir de este apoyo, sin el cual perdería rápidamente el del Ejército y el de los sindicatos. Debe retornar una y otra vez, entonces, a la fuente última de su poder, el electorado. De ahí el carácter plebiscitario de toda su conducta política, que se manifiesta en la gran cantidad de elecciones que ha tenido el país en este periodo.
El origen electoral y popular del poder del MAS contrapesa los impulsos que podrían conducir a que el proceso boliviano se descarrilara de las vías democráticas. Por otra parte, el culto al pueblo marca al Gobierno, que por eso tiene como principal prioridad (y en torno a ella moviliza todos sus recursos) el mantenerse alto en las encuestas de popularidad.



6.      Conclusión

















El modelo de resolución política del MAS funciona de la siguiente manera:
a)      Un líder carismático asegura y representa la unidad del partido. Todas las decisiones importantes deben pasar por él, pero él no genera la mayoría de ellas; lo hace el organismo que hemos llamado la “dirección”.
b)      Para recibir el respaldo del líder, las propuestas de resolución que genera la “dirección” deben corresponder con el esquema ideológico de aquel. Es decir, deben corresponder con una cosmovisión constructivista según la cual la realidad del mundo es el resultado de la disputa entre fuerzas positivas y negativas. El deber de los adherentes, entonces, consiste en ubicarse correctamente en esta polaridad y prestar mucha atención a las “conspiraciones” impulsadas por la fuerza antagonista. En algunos casos, los miembros de la fuerza positiva o el “nosotros” del MAS pueden ser conspiradores camuflados (“ellos”); en tal caso, tienen que ser purgados. Toda crítica al líder o la “dirección” que salga del “nosotros”, es decir, de las propias filas, le hace el juego a “ellos”.  
c)       La “dirección” no responde a la institucionalidad partidaria: funciona como tal a partir de su proximidad con el líder. Actualmente está compuesta por los siguientes miembros del Gobierno: García Linera, el gran articulador teórico-político del proceso; el ministro de Hacienda, Luis Arce, quien maneja la economía; el ex ministro Juan Ramón Quintana, encargado del control político de las zonas opositoras; Héctor Arce, presidente de la Cámara de Diputados y principal operador legal. Y en torno a ellos, un grupo algo mayor de asistentes: el presidente del Banco Central, Gabriel Loza; el ministro de la Presidencia, Óscar Coca; el ministro de Gobierno, Sacha Llorenti; el ministro de Autonomías, Carlos Romero. Este segundo grupo responde a las instrucciones del primero, que están cargadas de una dosis mayor de poder, en la medida en que se generan en una mayor proximidad al líder.
d)     Evo Morales no genera políticas: las avala, autoriza, evalúa y veta. Actúa en última instancia, para dirimir entre facciones y aprobar o rechazar las medidas que le sugieren. A veces, él mismo tiene alguna iniciativa; por ejemplo, en el campo de las relaciones internacionales, se opone a cualquier acuerdo entre el país y Estados Unidos, pese a los esfuerzos de la Cancillería en ese sentido; en otro terreno, planteó —en el extranjero y sin consultar— su segunda reelección sin pasar por un referendo constitucional. En este caso, los diferentes grupos de su partido se alinean detrás de esta iniciativa, la justifican, teorizan respecto a ella, etc. Incluso hay una cierta disputa entre los dirigentes intermedios para ver quién sigue y defiende mejor al Presidente.
e)      Las decisiones del Presidente tienden a ubicarse por encima de las instituciones y la normatividad, esto es, no se sujetan al orden político preexistente, sino que lo hacen y rehacen. Por esta característica, podemos hablar de un modelo de resolución política de índole cesarista. El incremento del poder del “caudillo” es inversamente proporcional al de las instituciones. Por esta razón, la última bancada de legisladores masistas es la más débil y subordinada a las órdenes del Presidente y la “dirección”. En este momento no puede hablarse de la existencia de un campo de poder independiente en el Legislativo, sino tan solo de un conjunto de prerrogativas individuales vinculadas a los cargos legislativos[13].  
f)       En el nivel intermedio, fuera del Legislativo, existen “campos de poder” con sus propias lógicas de funcionamiento. Por un lado, se trata de campos de poder tecnocrático y burocrático, manejados por funcionarios (algunos ministros y viceministros) que tienen capacidad de actuación en la medida en que no contradigan la línea oficial, generada por la “dirección” y Morales. Por otro lado, hay campos de poder corporativo, dominados por dirigentes sindicales nacionales, como Fidel Surco, y por dirigentes locales. Estos dirigentes tienen un margen de independencia, siempre y cuando no choquen con las instrucciones de la “dirección” y con los intereses globales del partido. En dicho caso, son sancionados o purgados. Esto asocia el ejercicio de los espacios intermedios de poder con un riesgo político: una mala lectura de la línea coyuntural de la “dirección” puede originar sanciones, por lo que los dirigentes tienden a suspender su propia opinión y preferir una actitud más pasiva y mecánica.
g)      Una causa de defenestración de los dirigentes intermedios puede ser su asociación con la corrupción, ya que el líder es intolerante con ella. Por esta razón, las disputas de poder pueden asumir la forma de mutuas imputaciones de corrupción, lo que desideologiza el debate interno. La vigilancia del líder sobre la corrupción y la aparición de normas muy rigurosas contra los delitos relacionados con el uso de recursos públicos (por ejemplo la Ley Marcelo Quiroga), afecta a los campos de poder tecnocrático, generando inamovilidad y pasividad en ellos.
h)      Los dirigentes corporativos (que debido a la distribución del poder tienen influencia sobre determinadas parcelas de la administración pública) ejercen una representación social que puede tener efectos directos sobre los principales atributos del partido: su condición de “frente de unidad de la izquierda”, su calidad de “fuente de legitimidad” del Gobierno del MAS y de la propia existencia del partido; su capacidad de movilizar coordinadamente a la mayor parte de los trabajadores y sectores populares del país. Por esta causa, establecen una relación más horizontal con el líder y la “dirección”, y en determinados momentos, por ejemplo cuando sus bases plantean alguna clase de demanda y activan en ese sentido, pueden incluso enfrentarse a la línea oficial del MAS[14]. Aunque igualmente reciben sanciones, en general el control central de sus actividades no puede ser tan directo.
i)        Mientras la situación política es más distendida (campañas locales, periodos de disminución de la lucha entre clases y regiones, etc.), la unidad de los campos de poder del MAS es menor, y a la inversa. Por eso, la estabilidad del líder y la “dirección” depende de su capacidad para mantener al partido movilizado, con un enemigo y un norte claros.


Bibliografía citada en el texto

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REPAC
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Bibliografía relacionada con el MAS

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TEXTOS TEÓRICOS DE MIEMBROS DEL MAS O DEL CÍRCULO CERCANO
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Grupo Comuna, El retorno de la Bolivia plebeya, La Paz, Muela del Diablo, 2001.
Grupo Comuna, Democratizaciones plebeyas, , La Paz, Muela del Diablo, 2003.
Grupo Comuna, Pluriverso – Teoría política boliviana, , La Paz, Muela del Diablo, 2002.
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Álvaro García Linera, Biografía política e intelectual. Conversaciones con Pablo Stefanoni, Franklin Ramírez y Mariestella Svampa, , La Paz, 2009.  
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Eusebio Gironda, El Pachakuti andino – Trascendencia histórica de Evo Morales, La Paz, 2006.  
Eusebio Gironda, La agonía de los p’ajp’akus, La Paz, 2006.
Marta Harnecker, Reconstruyendo a la izquierda.     
Filemón Escóbar, De la revolución al Pachakuti – El aprendizaje de respeto recíproco entre blancos e indianos, La Paz, 2007.                                   
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Gobierno de Bolivia, Plan Nacional de Desarrollo “Para vivir bien”, 2009.


[1] Véase la bibliografía al final del texto.
[2] Hervé Do Alto y Pablo Stefanoni, 2010.
[3] Do Alto y Stefanoni, op. cit.
[4] Colección del semanario Pulso 2009.
[5] Es como se llama a los migrantes del occidente del país.
[6] Se llama así a los oriundos del oriente del país, en este caso, de Pando.
[7] Colección del semanario Pulso 2008.
[8] Molina, 2010.
[9] Entrevista con Jorge Silva.
[10] Véase la síntesis de Daniel Espinoza, 2009.
[11] Así lo ha recogido, por ejemplo, un polémico artículo David Rieff, 2005.

[12] Este mecanismo se observó, por ejemplo, en la expulsión de Román Loayza y de Félix Patzi.
[13] Por ejemplo, el senador Maldonado perdió sus cargos directivos en la Cámara Alta porque, en contra de la voluntad central, intentó consensuar los artículos de la Ley contra el racismo con las asociaciones de periodistas y otros sectores que se sentían afectados por la misma.
[14] Este ha sido el caso en los conflictos de Caranavi y Potosí por reivindicaciones locales. En estas ocasiones, algunos dirigentes intermedios del MAS hicieron declaraciones, marcharon e incluso entraron en huelga de hambre en contra de las decisiones presidenciales. Sin embargo, los casos más conspicuos fueron sancionados por el nivel nacional.

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