jueves, 16 de diciembre de 2010

La felicidad sin esperanza

André Comte-Sponville es uno de los grandes pensadores europeos de este momento. Aquí una presentación de sus ideas sobre la felicidad y el amor.

El encuentro con André Comte-Sponville puede ser conmovedor. Siguiendo a Epicuro, él concibe la filosofía como una actividad que, mediante discursos y razonamientos, permite que el hombre viva mejor. Una actividad teórica, entonces, pero lanzada en pos de un objetivo eminentemente práctico: la obtención, en la medida de lo posible, de la felicidad. Sin embargo, su trabajo es filosófico y no terapéutico, como el de otros que intentan –está de moda hacerlo– suministrar “en recetarios” el conocimiento y el prestigio de los grandes pensadores. Se trata, en su caso, de pensar, sin concesiones a la tendencia a convertirlo todo, incluso la filosofía, en una prenda “pret-a-porter”. Por cierto, aquél que logre comprender luego puede pasar a la fase de “auto-ayuda” si eso quiere. Pero si en cambio el aplacar su neurosis es su única motivación, seguramente encontrará más útiles los masticables del tipo de Un año con Schopenhauer que una reflexión seria sobre Platón, Spinoza… Si en cambio escoge la ruta difícil (dice Marx en El Capital: “un sendero escarpado, no un camino de reyes”); esto es, si prefiere el genuino esfuerzo intelectual, puede terminar, como digo, conmovido. Resulta turbador que la buena filosofía pueda hablar de tal manera sobre uno mismo.
¿Qué entendemos por “buscar la felicidad”?, se pregunta Comte-Sponville. Si seguimos la doctrina platónica, esperar lo que no se tiene. Uno ama, dice Platón en El banquete, la mitad de uno mismo… perdida. Y, en efecto, así es como experimentamos el comienzo de una relación amorosa. Deseamos a la otra persona porque todavía no la hemos tomado; porque creemos que la felicidad reside en tener eso que aún se nos niega; amamos, por tanto, sólo para poseer y recibir, únicamente en beneficio propio (eros).
Ahora bien, el problema de definir el deseo como “busca de lo que se carece” está en que, una vez que esto es obtenido (y no es tan infrecuente que logremos las cosas que nos proponemos), entonces dejamos de desear. Así lo han pensado muchos filósofos. En un segundo movimiento, cuando la relación amorosa ya se ha consumado, la frecuentación del objeto del deseo lleva a la desaparición del deseo y, por tanto, del amor y, en consecuencia, de la felicidad. O sea que primero nos causa infelicidad una ausencia y, luego, una presencia rutinaria. Para el platonismo, nos movemos pendularmente de la ansiedad al hastío; ergo, siempre somos desdichados. Así la felicidad debe buscarse en el campo de lo ultra-terrenal, mientras que el mundo real resulta absurdo. Hay que tratar de ser felices entregándonos a alguna meta abstracta que nos garantice el carecer, que convierta el carecer en un estímulo perpetuamente motivador; puede tratarse de la remodelación de una realidad externa o una interna: la utopía totalitaria o un perfeccionamiento espiritual que equivalga a aniquilar el cuerpo y sus demandas. En lugar de aceptar el mundo como es, esta visión recomienda tratar de darle un “significado” (un ordenamiento abstracto, una racionalidad exterior, una trascendencia metafísica).
El camino a esta “felicidad” es siempre la esperanza. Esperar significa desear lo que no se puede (lo que no depende de nosotros, lo perfecto) o no se goza (la mujer del prójimo, nunca la que está a nuestro lado). Esperar es apostar por aquello de lo que no podemos saber, en lugar de tratar de saber lo más posible, para no tener que apostar.
En contra de todo este platonismo, Comte-Sponville recuerda la definición del amor de Spinoza: “la alegría, más el conocimiento de su causa exterior”. Amar para Spinoza es alegrarse por causa de alguien o algo. En este caso, por tanto, no se trata de una carencia, ni de poseer, recibir o beneficiarse, sino de todo lo contrario: el amor spinozista es aquel en el que hay que dar, respetar, permitir (filia). Es el amor de la madre que prefiere entregar a su hijo antes de verlo partido en dos mitades por Salomón. Es el amor de todo padre que deja a su hijo irse, porque así regresará. Es el amor de quien dice, sinceramente: “Puesto que estamos separados (y nada podemos hacer al respecto), lo que quiero es que seas libre. Que lo seas no me impedirá seguir amándote”. Roland Barthes habla de lo mismo cuando menciona el “amar sin asir” y lo considera un atributo del lado femenino que tenemos todos (Fragmento de un discurso amoroso). La filia tiene su expresión máxima, quizá inalcanzable, en el Evangelio: “ama a tus enemigos”. En tal caso se llama agapé o caridad: junto a la compasión, son las virtudes teologales más próximas (las únicas, diríamos los no creyentes), porque no dependen de Dios, como la esperanza, sino de nosotros mismos.
Para amar así, primero hay que aceptar. Si se busca un sentido para el mundo es porque no se acepta al mundo como es, y cómo puede llegar a ser gracias a nuestro trabajo. Quien no acepta, cree que una idea o un valor (por ejemplo, la fidelidad), en la medida en que ofrece un sentido, una garantía racional,  puede justificar los peores crímenes (golpeo a mi pareja o la mato, abandono a mis  hijos porque acabo de descubrir que ella me ha sido infiel).
Para “amar sin asir” hay que aceptar al otro como es. Hay que aceptarlo libre, dejarlo ir para que regrese. Hay que alegrarse de su existencia, de su participación en nuestra vida. Aceptar al mundo es, en primer lugar, aceptar a las personas como son –y no son los “hombres nuevos” de Guevara, sino mitad Quijotes y mitad Sanchos–. Significa alegrarse por ellos, así limitados pero reales. Aceptar al mundo es perdonarlo –perdonar a las personas– porque no entrañan el sentido que quisiéramos encontrar en ellos. “Te perdono los cuernos; ahora veamos qué más podemos hacer (separarnos, seguir juntos, etc.)”
En lugar de esperanza, entonces, que está fuera de nosotros, aceptación, que está en nuestras manos (por lo menos en teoría, pero que no es nada fácil).
Dos aclaraciones: La aceptación no conduce al hedonismo (el mal contemporáneo); al contrario, uno de los sentidos que se puede intentar atribuir al mundo es el sentido del placer, y el mundo y las personas no sólo dan placer, sino que muy a menudo son ocasión de sufrimiento, lo que también debe aceptarse. Aceptación tampoco es igual a resignación, porque aceptar al mundo como es no quita ni un ápice a nuestra obligación de tratar de ser felices en él.

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RECUADRO
Bibliografía esencial de André Comte-Sponville
  
¾     Pequeño tratado de las grandes virtudes
¾     La felicidad, desesperadamente
¾     Diccionario filosófico
¾     El espíritu del ateísmo

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