jueves, 16 de diciembre de 2010

Corro, luego existo

Haruki Murakami, uno de los novelistas más impactantes del momento, también es maratonista y triatleta. Sobre estas actividades escribió “De qué hablo cuando hablo de correr”.

Por amarga experiencia sabía que los escritores, como los corredores, se dividen en dos categorías: los de corto y largo aliento. Sabía también que el mío era un caso de la primera clase. Mi mejor distancia es el artículo largo (como éste). Textos más pequeños me dejan sabor a poco; pero si en cambio debo trabajar mucho más, la energía me abandona conforme las páginas se acumulan. Al final, termine o no el proyecto, sencillamente quedo exhausto.
La similitud entre escribir y correr es evidente, pero que yo sepa nadie la ha llevado tan lejos como  Haruki Murakami, el novelista japonés de mayor resonancia en la actualidad. Un día, mientras era el dueño de un local de jazz en Tokio,  Murakami decidió que dedicaría su vida a enfrentar largas distancias. Ese día se convirtió en novelista profesional (tiene decenas de novelas y algunas frisan las 400 páginas) y, simultáneamente, comenzó a correr. Es decir, a correr en serio: diez kilómetros por día, un maratón (42 kilómetros y pico) al año, una vez un “ultra-maratón” (100 kilómetros). No conforme con esto, Murakami se volvió también triatleta, es decir, cultor del triatlón, un loco deporte que combina nado en mar abierto, ciclismo y diez kilómetros de carrera. 30 años después, un casi sesentón Murakami cuenta esta sudada historia en “De qué hablo cuando hablo de correr” (Tusquets), el último de sus libros traducido al castellano.
La creencia del autor es extraña; él la sigue disciplinadamente. Piensa Murakami que escribir historias es un esfuerzo tanto mental como físico. Por tanto, uno puede (y casi dice que debe) prepararse para “trepar”, “montar” o “atravesar” una novela luchando contra el cronómetro en calles y pistas, tal como Rocky se preparaba para la pelea en esa memorable secuencia que entremezcla footing, golpes a unas sangrantes piezas de vaca dentro de un frigorífico, batidos de cinco huevos crudos y, claro, la música de Rocky.
Esta es una forma radicalmente diferente de plantearse el problema de la inspiración: Como recuerda el propio Murakami, muchos creen que el escritor debe tener una vida desordenada y decadente para mantener prendida la llama de su talento; de lo contrario, comenzaría a escribir de una forma estandarizada y blanda. La idea es que la originalidad surge de la tensión existencial: si alguien está perfectamente adaptado a su vida, ¿por qué habría de repensarla? Quien se halla conforme no inquiere, no se inquieta por las alternativas. Y su arte sufre por tal causa: si es evasivo, solo lo será superficialmente; con frecuencia buscará con el único objeto de encontrar.   
Pero hay formas de desadaptación que resultan saludables. Los simbolistas no salían de los prostíbulos y los modernistas se emborrachaban hasta extremos nauseabundos; Hemingway pasaba semanas en un barco tratando de coger un pobre pez y Wilde se enamoraba enfermizamente de un imbécil.  En lugar de todo esto, Haruki Murakami se levanta temprano y, vestido con un pantaloncillo y zapatillas, se pone a trotar por los hermosos parques de Japón y Estados Unidos, sin hablar con nadie, enchufado a un I-Pod, fortaleciéndose por medio del renunciamiento físico para la ímproba tarea de imaginar personajes, tramas y diálogos, y de escoger, una por una, las palabras adecuadas para ellos.
 Correr no solo enseña a escribir, además es su metáfora. En ambos casos hay, como hemos dicho, fondistas y velocistas. La inclinación surge de la naturaleza de cada quién y por tanto resulta imposible de anular. Uno siempre puede hacer mejoras, claro, ponerse en forma, aprender trucos, pero al final… Los fondistas tienen un peso, un tamaño, un esqueleto y, sobre todo, un corazón y un cerebro adecuados para grandes recorridos. En los velocistas, cuerpo y espíritu están organizados para despilfarrar  todos los recursos en una sola descarga. De un lado Balzac, que escribía una novela en tres meses y, luego de descansar un poco, comenzaba otra; que a veces escribía dos novelas al mismo tiempo. Y del otro, digamos, por ejemplo, Borges, para citar al más conocido, quien cifró una obra magnífica en relativamente pocas páginas.
Se concluye de lo dicho que realizarnos como personas exige un previo conocimiento de nosotros mismos, pues no conviene violentar las características de nuestro organismo: hay que respetarse a uno mismo… En esta vida están los que corren mucho, los que corren rápido y estamos los que caminamos (distancias cortas). Con un poco de buena voluntad, se puede suponer que todos estos tipos tiene un papel en el universo.
Correr como metáfora de escribir… En ambas actividades el medio ambiente es la soledad. En ambas, se compite contra uno mismo, no contra los demás. En ambas, uno comienza sin saber si llegará a la meta. En las dos, nadie nos invita a entrar, permanecer o concluir, excepto nuestra propia –y desquiciada– sensación del deber. 

1 comentario:

  1. bien la idea de competir con uno mismo, de vencerse a uno mismo

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