jueves, 16 de diciembre de 2010

De vuelta al siglo XIX

El presidente Morales ordena personalmente allanamientos.


La diferencia entre el autoritarismo boliviano y el que se da en otros países sudamericanos reside en que el nuestro, gracias al estilo desprevenido del presidente Evo Morales, es más evidente y fácil de probar.

Por ejemplo, Morales acaba de reconocer que él personalmente dio órdenes de intimidar a una pareja de abogados, de apellido Quiroz, que investigaba la responsabilidad de su Gobierno en la muerte de dos manifestantes rurales en la localidad tropical de Caranavi, situada a
150 kilómetros de La Paz, cuando el pueblo bloqueó la carretera para lograr la construcción, en ese lugar, de una planta de cítricos.
El Presidente dijo que ordenó el allanamiento del hogar de los abogados para investigar la relación entre ellos y una conspiración estadounidense contra su mandato. Sin embargo, la fiscalía y la policía antidroga intervinieron en el hogar de los Quiroz  diciendo que habían recibido una llamada anónima que las había alertado sobre la existencia de drogas. Esta discrepancia indica que lo que en verdad quiso el Gobierno fue intimidar a dos personas que le resultaban molestas. Y por orden presidencial…
Del hogar de los Quiroz la Policía sacó una computadora y, de ella, una foto íntima que luego las autoridades intentaron difundir por la prensa, con ridículos argumentos leguleyos. Mostraron así el espectáculo del poder ensañándose incluso en la vida privada de sus adversarios. Afortunadamente, ningún medio se prestó a ello, por lo que el daño fue menor de lo que podía haber sido.
El cuento gubernamental de las drogas indica: a) premeditación de parte del Presidente, o b) un intento del Ministro de Gobierno para tapar la ilegalidad de la orden presidencial con una trampa policial clásica. En cualquiera de estos casos, ambos funcionarios se habrían ubicado al margen de la ley, porque un Presidente democrático no puede mandar allanar las casas de la gente; un Ministro de Gobierno democrático no puede concebir una mentira para allanar las casas de la gente; y la fiscalía o la Policía democráticas no pueden aceptar órdenes anticonstitucionales, que violen los derechos de las personas.
Justamente, uno de los derechos más antiguos (tanto que se asienta sobre la tradición medieval del “santuario”) es a no ser molestado en casa “excepto por orden judicial”. ¿Quizá Morales se cree, también, juez? ¿O quizá su idea del poder es tan tremenda que supone que tener la mayoría política le da poder para recortar los derechos de los demás? ¿No sabe entonces que la libertad (la autoridad) de uno termina donde comienza la libertad (el derecho) del otro? Ésta es la base sobre la que se edifica nuestra sociedad, en tanto “sociedad de Derecho”.
Pareciera que estamos retrocediendo al siglo XIX, al tiempo del cesarismo militar, en el que los presidentes no sólo gobernaban, sino también asolaban, hostigando a los ciudadanos, en particular a los opositores y sus familias. La escena ésta del presidente Morales, número 10 de su equipo de fútbol, dándole un rodillazo a un jugador que lo golpeó al marcarlo (jugador al que la Policía intentó detener más tarde), no desentonaría en la biografía exagerada de O’Connor D’Arlach sobre Melgarejo, uno de los gobernantes más despóticos de nuestra historia.
Sin embargo, no deben perturbar los rodillazos en la cancha, sino en los tribunales, allí donde se propinan a todos aquellos que ponen en algún brete al Gobierno. Interesan los rodillazos en la Asamblea Legislativa, cuando se aprueba una ley que autorizará al Ejecutivo a cerrar medios de comunicación si emitieran un contenido discriminatorio (al mismo tiempo, el Ministro de Gobierno discrimina al abogado Quiroz, ciudadano boliviano por matrimonio, llamándolo despectivamente “peruano”). O los rodillazos para quebrar todos los mecanismos de control del poder, incluso los establecidos por la Constitución redactada por el propio régimen, por ejemplo la prohibición de la segunda reelección de Morales (que ya sabemos que se convertirá en “papel mojado”).
¿Qué clase de sociedad se construye “a rodillazos”? No lo sé bien. Pero estoy seguro que no es una sociedad en la que quiera que se críen mis hijos.    
   

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