viernes, 11 de febrero de 2011

El dilema del MSM

Para un revolucionario, es decir, para quien ha sustituido a los conceptos de “Dios”, “felicidad” e “identidad propia” por la fe en un movimiento de iguales (“compañeros”, “hermanos”), que cambiará el mundo a imagen y semejanza de sus más queridos ideales, la proscripción de la revolución es equivalente a la expulsión del planeta. (Publicado en Página 7)


No había visto a Alicia* por años. Seguía tan guapa como siempre; pero, claro, había madurado. A diferencia de lo que se espera normalmente de las mujeres de las clases media y alta bolivianas, ella desarrolló un fuerte compromiso político y milita en el Movimiento Sin Miedo (MSM), hasta hace poco aliado del partido de gobierno, el MAS, pero ahora distanciado de este por dos motivos: la negativa de Evo Morales a compartir su enorme poder y el enjuiciamiento, por orden oficialista, de sus líderes Juan del Granado y Luis Revilla, con el propósito de, sacándolos de en medio, facilitar el dominio masista sobre la izquierda boliviana.


Alicia me gusta y coqueteo con ella un poco. Ella me hace saber, entre bromas y veras, que jamás saldría con un “derechista” como yo. “Bueno, le respondo, ahora tú también eres parte de la oposición al MAS…” A lo que Alicia replica: “Puedo estar en contra de lo que van a hacerle a Juan y Lucho, pero… –añade enfática– jamás estaré en la oposición”. Léase esto muy bien: pase lo que pase, ella “jamás” será parte de la oposición al MAS. Sus palabras sugieren que incluso no le sería imposible pagar con la defenestración de Juan y Lucho –una de esas inevitables injusticias de la política– la garantía, fundamental para ella, de no alejarse “jamás” del “proceso de cambio”.

Meses antes, el dirigente del MSM Fabián Yaksic me había dicho algo parecido: “En Bolivia ha habido una revolución. Por primera vez los indígenas están en el poder. Nosotros somos revolucionarios y no dejaremos de serlo porque el MAS nos quiera apartar. Además, reconocemos que el MAS es el partido de esta revolución”. Conclusión lógica: si se quiere seguir siendo revolucionario, “jamás” se podrá pasar a la oposición.

Todo esto me recuerda a la historiadora Annie Kriegel, colaboradora de Raymon Aron y autora de uno de los libros más importantes para mi formación política: Los grandes procesos en los sistemas comunistas. En estos juicios, como se sabe, cientos de los mayores dirigentes de Rusia y otros países socialistas fueron acusados de crímenes imposibles y hasta ridículos, y asesinados para consolidar el poder de Stalin dentro y fuera del partido (y también para expresar su insania mental). Pues bien, uno de los factores más misteriosos de estos procesos fue la actitud de los acusados, que pese a lo que les hacían, y a los humillantes delitos que les obligaban a admitir, colaboraban activamente con sus verdugos, quizá porque lo que más ansiaban en el mundo era que su partido los volviera a admitir como parte de sus filas, es decir, que “jamás” tuvieran que romper definitivamente con él. Para muchos, la posibilidad de seguir “formando parte” del proceso revolucionario era más valiosa que la vida propia y la seguridad familiar.

Para un revolucionario, es decir, para quien ha sustituido a los conceptos de “Dios”, “felicidad” e “identidad propia” por la fe en un movimiento de iguales (“compañeros”, “hermanos”), que cambiará el mundo a imagen y semejanza de sus más queridos ideales, la proscripción de la revolución es equivalente a la expulsión del planeta. Le resulta más fácil aceptar que ha sido un traidor trotskista, un agente de Hitler que conspiraba contra su propio país, un saboteador de hospitales y centros de alimentación de niños, lo que fuera, pues en tal caso seguirá “siendo parte” (en el papel de derrotado combatiente de la lucha de clases); y no mandar todo al diablo para enfrentar, entonces, la perspectiva terrorífica de flotar solo en el oscuro y frío espacio, como un astronauta perdido, hasta el fin de los tiempos.

De ahí la crisis de identidad del MSM. Si Juan del Granado, obligado por las circunstancias, rompiera del todo con el MAS, afectaría los sentimientos de Alicia, Yaksic y tantos otros de sus compañeros que no quieren dejar de “formar parte”. Muchos podrían llegar a la conclusión de que no tienen más salida que dejar languidecer a Juan en los tribunales, mientras emprenden el camino de retorno. Lo grave para Juan está en que, si no hace eso, si pese a todo sigue inscrito en el “proceso de cambio”, la neurosis que, según hemos dicho, pudiera producirse en algunos de sus militantes, se convertiría entonces en la neurosis de todo el partido, condenado a vivir la existencia parasitaria del excomulgado que no abandona su fe.

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